O yo soy muy raro o es que el abstracto público lector es tonto sin más.
Estoy hablando del libro superéxito total de la muerte de la última temporada, que arrasó por goleada en la feria del libro de Barcelona, a cuyo autor entrevistó el propio Buenafuente y del que se encuentran 420.000 referencias en 0,31 segundos de Google, incluida una página de Facebook en la que se pueden leer todo tipo de alabanzas y agradecimientos de un montón de gente a la que la citada novela ha cambiado la vida y a los que, dicen, ha animado a la lectura y acercado a la literatura.
Todo eso después de que yo, con los ojos como platos, acabara de leer esta redacción de instituto (y hablo por experiencia: he leído narraciones de chavales de la ESO que superan con creces en todo, excepto quizá en extensión y no tanto, este bodrio), avasallado todavía por su ni siquiera conseguida pretensión de ser un libro de autoayuda barato y lleno de frases de galletita china de la suerte. No hay argumento (al menos completo y con sentido); no hay personajes, sino bocetos infantiles de arquetipos sin el más mínimo relieve; no hay estilo definible más allá de la dispersión (pero no la dispersión del que deconstruye sino la del que no sabe construir) y el bajísimo dominio de la gramática textual. Uno llega a tener la impresión de que no se trata de un libro sino de la redacción a sucio de una idea (mala). Una verdadera patata.
No soy nunca tan duro con una obra (?) en ninguna de mis opiniones de este blog -creo que es la primera vez que me permito este nivel de rechazo al escribir una reseña-. Pero es que no me queda más remedio que decirle al autor lo que muchas veces me digo a mí mismo (y podéis encontrarlo en muchas entradas pasadas): si no vas a llegar a hacer Literatura, si no tienes nada que decir, si no sabes escribir, no escribas. Hay muchos que saben hacerlo y no podrán porque tú estás ocupando un sitio en las estanterías sólo para vender humo, palabras vacías encuadernadas.
Yo me aplico el cuento y eso legitima mi exigencia: déjalo, Albert Espinosa. No pienso decirte que vengas. Que me devuelvan el dinero.
Termino prometiéndome dejar ya las lecturas que recomiendan con el adjetivo de "fresquitas", "veraniegas", "originales" o "refrescantes". Ya he tenido bastante.
Mañana empiezo a releer Rayuela otra vez.



























