miércoles, 17 de agosto de 2011

Todos empresarios


Escucho periódicamente las frivolidades del presidente de la CEOE, sus lúcidas y equilibradas declaraciones sobre esos asalariados que encima de que tienen trabajo, quieren un sueldo; sobre esos emprendedores-redentores de la sociedad que arriesgan su sangre y su sudor por crear riqueza; sobre esos funcionarios vagos y matones a los que les piden un papel en la ventanilla y te lo arrojan a la cara o te patean los riñones mientras salen para tomarse un café.
A mí también me gusta jugar con tópicos. Ahí voy.
¿Qué pasaría si todos fuéramos empresarios?
Primero, tendríamos que contar con capital, claro. Dos opciones: naces rico en dinero y se lo pides a papá, o naces poseedor de valores hipotecables y se lo pides al banco (el banco es una empresa que funciona por este mismo principio). Olvídate de existir en este universo paralelo si tú y tus avalistas carecéis de propiedades con las que garantizar el pago de la financiación; olvídate también de existir si lo único que tienes son tus manos para trabajar o tu cabeza para tener una buena idea: un sueldo nunca da para convertirse en empresario y una idea sin capital es una mala idea.
Segundo, una vez constituida mi empresa, el objetivo primordial sería la rentabilidad, obviamente. Si alguien necesita de mis servicios que los pague, y cuanto más caros mejor. Menos mal que habrá competencia... Pero, ¿y si nos ponemos de acuerdo todos y cobramos lo mismo? Decidimos el precio y listo. Que no puedes pagarlo... pues fuera de este universo paralelo.
Tercero, que a nadie se le ocurra hablar de impuestos: los hospitales, los colegios, la seguridad... todo es susceptible de convertirse en empresa rentable. ¿Quién necesita un Estado que redistribuya unos mínimos recursos? El mercado es el mercado. ¿No puedes pagarlo? Fuera de este universo paralelo. Pon tu propia empresa. Ya... Es que no tengo dinero ni avales. Pues entonces, crea tu propio universo, chaval.
Cuarto, saca tu empresa a bolsa: da igual lo que fabriques e incluso lo que vendas, porque si convences a todos de que puedes pagarles una determinada cantidad de rédito, te confiarán su dinero y será imaginariamente tuyo hasta que se volatilice (nunca todo; Suiza es lo que buscas). Pero tranquilo, ese dinero es humo. Nadie te quitará tu cochazo ni tu chalecito. La bolsa es así, unas veces se gana y otra se pierde. Te declaras insolvente y solucionado.
Con la hipoteca que hagas sobre tu segunda vivienda en la costa, esa que te construiste con los beneficios no reinvertidos (casi todos), vuelves al banco y a empezar de nuevo. Recuerda que el dinero ni se crea ni se destruye, solo cambia de manos. Va y viene.
Eres un hombre hecho a ti mismo. Has surgido de la nada, bueno, de la casi nada (no olvides ese punto de arranque que era tener patrimonio con el que comenzar el círculo). Te has ganado lo que tienes partiendo de lo que tenías.
Este universo paralelo es imposible si no tenías nada.

sábado, 4 de junio de 2011

Libros sin portada

Como sabéis quienes seguís este blog, la feria del libro siempre me sugiere por esta época del año reflexiones a colación de la idea de literatura como mercancía.
Desde luego, es una reducción considerar que los libros son solo mercancía, pero igualmente resulta innegable que lo son. Mercado literario, mercadotecnia librera, libro-producto... son conceptos que me intrigan.
En esta ocasión me da por pensar en las portadas de los libros, elemento esencial en el proceso de venta de ejemplares.
Es relativamente moderna la idea de que los libros tengan "diseño", más allá de la tipografía o, en algunos casos, las ilustraciones interiores. La "imagen" del libro-objeto era impensable hace un siglo. Las bibliotecas con solera están llenas de encuadernaciones uniformadas cuyo mayor lujo de elaboración son títulos en dorado y lomos con nervio; a veces, alguna guirnalda o marco de acantos. Se trataba más de una cuestión de calidad de la encuadernación que de otra cosa. Los libros no se diferenciaban en su apariencia porque se les buscaba y clasificaba solamente por el contenido, y dado que la masa lectora no existía, quienes se movían entre ellos, especialistas minoritarios, no recurrían al atractivo visual para seleccionarlos. Si viajamos en el tiempo, cuanto más atrás, más preponderancia del texto en el libro-objeto y menos relevancia de su apariencia exterior; no hacía falta la portada.
Actualmente, la venta de libros implica la necesidad de llamar la atención del comprador; la diferenciación en el espacio reducido de la estantería o la mesa de novedades se hace imprescindible. Los libros compiten por llegar a las manos del lector en medio de un ruido sinestésico de colores, tamaños, imágenes de cubierta, tipografía de títulos e incluso disposiciones en el conjunto de exposición.
Así, que la portada sea vital es una prueba de cómo los libros han evolucionado de texto a producto; paralelamente los escritores han derivado en celebridades, las librerías en tiendas y las bibliotecas en parques temáticos dotados de todo tipo de actividades culturales complementarias.
Se han perdido, seguro, cosas en el camino (sinceridad, quizás), pero, hay que decirlo, se han ganado lectores y lecturas.
Los nostálgicos seguimos visitando librerías de viejo de cromática monótona para sorprendernos al abrir el libro y no antes.
___________
Para ampliar y sacar conclusiones propias, un vídeo interesante con el que me he tropezado:

miércoles, 1 de junio de 2011

El ladrón de bicicletas

Siempre he pensado que El ladrón de bicicletas, es un obra maestra.
De Sica consigue sacar la rabia de lo más profundo de mí con esa escena final.
Ni Lukacs con Historia y conciencia de clase me hizo llegar a conclusiones tan drásticas como ese minuto de película.Aunque el tema, cierto es, trasciende la simple (nunca tan simple) lectura social y entra de lleno en la ética.
Y aquí es donde quiero llegar: tuve ayer la oportunidad de volver a ver esta obra maestra del cine y me di cuenta de que le sobra algo. Sí. Le sobra la voz en off moralista, el narrador que cierra la visión del espectador con una moraleja universalista condicionada y condicionante. La película dice mucho más de lo que ese segundo plano quiere interpretar como los sacerdotes de todas las religiones interpretan sus textos sagrados, como los que van de listos interpretan lo que pasa ("Eso es como todo...") y prevén la linealidad del porvenir anticipando conclusiones.
Ese pobre hombre (nunca mejor dicho, en todos los aspectos pobre: de dinero, de ánimo, tonto por bueno, bueno hasta no poder ser malo, destinado a no poder hacer ni siquiera justicia poética), en el que veo a mi padre (recuerdo parecido el rostro, el gesto y las manos de mi padre cuando yo era niño; incluso lo constato en algunas fotos viejas) y me veo a mí (mis manos, mi cara, llevando de la mano a mi hija en medio de un mundo en blanco y negro lleno de gente que solo pasa, como figurantes sin diálogo), representa a todos los que no sabemos engañar, no tenemos fuerzas para devolver la bofetada, no llegamos a comprender la venganza pero sabemos muy bien lo que es la desgracia porque se nos ha transmitido genéticamente, como el hambre honrado de nuestros antepasados se escribe en nuestra manera de comer o nuestra mueca constante de sorpresa revela la ignorancia de quienes nos configuran.
¿Orgullo imposible? No. Yo siento algo parecido al orgullo cuando el ladrón de bicicletas comprueba que no puede robar una bicicleta. Mezclado con rabia, pero orgullo.

viernes, 20 de mayo de 2011

La crisis que viene


Resulta extraño, para quien leyó sorprendido a Marx hace años, para quien se ha currado a Adam Smith, Stuart Mill, Keynes... intentando comprender las bases mecánicas de la sociedad en la que vive, para quien se ha interesado por el materialismo cultural de Marvin Harris encontrados claves inesperadas, resulta extraño, como digo, leer este tipo de cosas.
Recomendable. En línea con la actualidad política y con lo que empieza a ser repensado.
La crisis que viene, de Observatorio Metropolitano, editado por Traficantes de Sueños.
Podéis comprarlo o descargar el pdf de la misma página del editor; es copyleft.

jueves, 19 de mayo de 2011

Poesía en movimiento



Y ahora, hablemos de literatura.
Versos medidos en personas, con figuras literarias de futuro, con estrambote del fin de lo que merece acabar y dar paso al cambio de estrofa. Por fin.
Un auténtico poema.

sábado, 30 de abril de 2011

Tipos de risa


Leyendo (?) a Noguera (véase más abajo, la entrada anterior de este blog, dedicada a su libro), encuentro la expresión "risa fálica" en su entrada intrigante sobre un hiperrealista juego de Pro Evolution Soccer (os dejo un enlace donde verla, junto con alguna otra de sus ideas delirantes).
Es sugerente este cúmulo de despropósitos sin hilo de Ultraviolencia.
Me pongo inmediatamente a pensar en tipos de risa, a analizar las risas que oigo en el espacio de varios días, a catalogar, cual Linneo actual, la ramificación de las especies de risa.
Nunca la acumulación se me dio bien, pero algunos datos sí he conseguido extraer del catálogo de observaciones:
1) Hay risas que no lo son en realidad, sino que esconden otras manifestaciones anímicas: se puede reír para no llorar, para disimular el ridículo, por compromiso...
2) La vocal con que se ríe puede ser indicativa: la "a" de satisfacción y apertura de ánimo; la "e" de timidez o de desgana; la "i" demuestra conciencia de estar riéndose uno de manera improcedente en el contexto; la "o" es propia de gente con barriga, y, si es hombre, con barba poblada; con la "u" no he oído a nadie.
3) Si te ríes de verdad, pierdes el control de tu cuerpo y los brazos deambulan por el espacio sin encontrar su sitio; a veces, hasta el tronco se inclina, en medio de la convulsión, más allá de lo que sus ejes permiten. Esta risa empieza de pronto, como si creyeras que el chiste no te iba a hacer gracia. Es típico el caso de que te pille el final de la anécdota bebiendo y el líquido se te salga por la nariz.
4) Luego está la risa de mi hija: es de verdad e imparable, no tiene vocal, es contagiosa, llena de aire, luminosa y volátil...

jueves, 28 de abril de 2011

Ultraviolencia

La idea puede ser un valor en sí misma. Tener una idea es, en principio, positivo. Da igual la idea: puede que luego no resulte útil, que haya sido perder el tiempo y la neurona que se ha fundido al producirla. Simplemente, puede no ser una buena idea. Pero la bombilla se encendió.
Eso es lo que hace Miguel Noguera. ¿Artista? difícil de clasificar o definir (y eso es precisamente lo que pretende). Su libro, Ultraviolencia, no es literatura en el abismo, es un agujero abismal -como el que él coloca en una de sus delirantes imágenes en la cocina de El Bulli- lleno hasta los bordes de imágenes y deducciones, de sensaciones que en la mayor parte de los casos rozan, solo rozan, emociones negativas, aunque a veces uno se sumerge en un líquido viscoso y gris y otras ve una luz al final del túnel de la divagación.
Original al máximo. Superficial hasta lo indecible. Absorbente (y esta idea seguro que le daría pie al autor para alguna página de carácter escatológico-libresco) sin remedio. Un hallazgo de clorofila en la librería para lavarse los dientes de leer y quitarse la placa bacteriana acumulada de tanto plato precocinado superventas o tapa dura. Me estoy poniendo "nogueresco"...
Y para muestra, un botón:

miércoles, 27 de abril de 2011

La bondad de los ancianos y los niños, los borrachos sinceros, el amor ciego y otros cuentos


Se da por supuesto que todos los niños son ingenuos y los ancianos respetables.
Y que los borrachos siempre dicen la verdad.
Y que el amor es ciego (e involuntario).
Y que no hay mal que por bien no venga.
Pero hay niños, muchos, que son y serán consumados cabrones, aunque les hagan panegíricos el día de su muerte, dentro de ochenta años; ancianos que jamás, desde que nacieron, dijeron la verdad ni quisieron a nadie, que viven solos y en la miseria y tienen mil hijos, y dices "Cómo han sido capaces esos hijos de abandonar a su pobre padre", sin saber quién abandonó antes, quién merece o no su destino.
Los borrachos mienten siempre porque se dan cuenta de que da igual lo que digan. De vez en cuando se les escapa la verdad porque la han confundido con la falsedad, pero les consuela de su error que nadie se toma muy en serio lo que dice un borracho.
Y uno no se enamora si no quiere vendarse los ojos.
Y si para que llegue el bien hace falta un mal, este mundo es el más perfecto de los posibles al estilo de Leibniz y de Voltaire.

martes, 26 de abril de 2011

Velocidad con tocino


Comentando con un amigo, en un paseo lento adecuado a este asueto primaveral nublado, me decía que esa misma mañana, llevándole a su casa de las afueras, un taxista le había dicho, con la severidad propia del gremio y señalando a un coche que circulaba más lento por el carril derecho: "Ahí va un socialista". La perplejidad de mi amigo le llevó a romper su norma de no mantener con los taxistas más conversación que la relativa al tiempo o al tráfico, y solo si resulta inevitable y descortés no quedarse en silencio. "¿Por qué lo sabe?", dijo. "Va a 110." "¿No hay que ir a 110?" La aguja del taxi, se fijó, marcaba 120. "Yo no pienso seguir las normas absurdas de estos ignorantes."
Taxistas aparte, la anécdota me hace pensar: simplificando, según esta regla de tres, los que van por la carretera a la velocidad que marca la ley son socialistas, y los que no, populares (o, al menos, no socialistas). Ya me explico por qué cuando conduzco a 110 todo el mundo me pasa. ¿No dicen las encuestas que los populares van a ganar las elecciones? No tiene otra lectura.
Algo parecido ocurre con el asunto de la corrupción de los políticos (en este caso referido a todos los partidos): cuanto más cargos corruptos aparecen, más aumenta la intención de voto que les sustentará en el puesto; si alguien tiene que robar, que sea de los míos.
Las reglas y la honradez para los ignorantes.
Lo que no entiendo ni a través de la lógica rastrera de la deducción pura y lineal es si los que van a 120 -o apoyan/votarían a los corruptos- lo hacen solo por jorobar (¿a quién?), o, simplemente, por llevar la contraria (¿al código de la circulación, a la Guardia Civil, a las multas, a la ley?).
Y conste que me parece una medida de chichinabo lo de bajar la velocidad máxima en autovía en 10 km por hora. Ni es medida ni es nada; o hacemos algo de verdad o no nos molestamos.
Pero, sea como sea, es una norma, ¿no?
¿Puedo decidir qué normas cumplo?

domingo, 24 de abril de 2011

Chiste filosófico para católicos con humor (propio para las fechas de Pascua)


Están Jesús, Moisés y un señor de larga barba blanca jugando al golf. Cuando le toca el turno a Moisés, viendo que la pelota, desviada por el viento, llevaba camino de caer en un lago, levantó sus manos y abrió las aguas para que la bola se deslizara suavemente por la arena del fondo y llegara al otro lado, muy cerca del hoyo.
Seguidamente, le corresponde a Jesús tirar: agarra su palo, golpea la bola y ve, colocándose la mano a modo de visera, que la trayectoria del tiro se dirige al mismo lago en el que había estado a punto de caer la de Moisés, por lo que, rápidamente, ora juntando sus manos y la pelota, al llegar al contacto con la superficie del lago, no se hunde, sino que rueda sobre las aguas hasta alcanzar el otro lado, muy cerca ya del banderín.
En tercer lugar, le toca tirar al señor de barba blanca, que, descuidadamente, golpea la pelota con el hierro inadecuado, en dirección contraria a la que debería, sin mirar. La bola sale choca contra la valla del campo de golf, sale fuera y golpea en la parte trasera de un camión que pasaba por la carretera adyacente, rebota contra el suelo y sube hacia arriba, describe una parábola imposible acabando en la boca de una rana que croaba en una charca cercana; un águila llega volando y atrapa con sus garras a la rana, que, en pleno vuelo, cuando pasaba justo por encima del hoyo del campo de golf, suelta la pelota y la deja caer justo en su interior.
Entonces se acerca Moisés a Jesús y le dice bajito:
- ¡Cómo me fastidia jugar con tu padre! Es tan prepotente...

viernes, 22 de abril de 2011

Chiste fillosófico para ateos (propio para las fechas de Pascua)


Un hombre normal, corriente, del montón, empieza un día a escuchar una voz grave y solemne que le dice: "Vende todo lo que tengas". "¿Yo?", responde temeroso. "Sí. Vende todo lo que tengas". Y lo hace. Reúne todo el dinero que consigue de la venta de sus escasos bienes y vuelve a escuchar la misteriosa y ultraterrenal voz: "Vete a Las Vegas con todo tu dinero". "¿Qué?", reacciona sorprendido. "Que te vayas a Las Vegas con el dinero", replica la voz con un poco de impaciencia. El interfecto se va a Las Vegas, y una vez allí, recién bajado del avión, vuelve a escuchar: "Entra en un casino y apuesta todo lo que tienes a un número de la ruleta". "¿Cómo?", dudando. "Que apuestes todo lo que tienes a un número de la ruleta...", con tono desesperado. El pobre hombre entra temblando en un casino, se sienta en la mesa de la ruleta, apuesta todo el dinero que ha conseguido de la venta de todas sus cosas a un único número y espera, mordiéndose, las uñas a que la bola pare de rodar... ¡y gana! En ese momento oye nuevamente la voz, esta vez asombrada e incrédula, que dice: "¡Increíble! ¡Vaya suerte!".

jueves, 21 de abril de 2011

Piezas que no encajan en la historia



Revisitando la historia sagrada por influjo ambiental, me acabo de dar cuenta de que los personajes de los Evangelios que más me interesan son los que no encajan en la historia: quien dejó preparada la burra para la entrada triunfal en Jerusalén (Mt, 21), aquel hombre al que siguen los apóstoles para que les lleve al lugar en el que celebrarán la última cena con Jesús (Lc 22), el soldado al que Pedro corta una oreja en el forcejeo (Lc 22 también) y el joven sin nombre que sale huyendo desnudo (!?) en el momento del prendimiento (Mc 14), la mujer de Pilato y sus pesadillas (Mt 27), el buen ladrón (Lc 23), José de Arimatea... Y Judas, sobre todo Judas: un auténtico misterio.
(Leed, leed, malditos irredentos: Tres versiones de Judas, J. L. Borges.)
(Y mirad vídeos pecaminosos llenos de dudas como estas: Jesus Christ Superstar.)

miércoles, 20 de abril de 2011

Procesiones molestas


No soy ateo. Me falta valor. Serlo implica llegar a una serie de conclusiones que no me atrevo a enfrentar. Tan complicadas de asumir como la misma idea de Dios.

Antecedentes:
Hace unos días leíamos en la prensa la prohibición de una "procesión" atea que se había convocado en Madrid.
Argumentario previo:
Vaya por delante que me parece ridículo seguir los mecanismos sociales de la religión para reivindicar el derecho (?) a no ser (?) religioso. Es como dar una misa atea.
Quede dicho que veo cierto fondo de provocación en el hecho de hacer coincidir la expresión de ese ateísmo con las procesiones de Semana Santa, como por buscarle las cosquillas a los penitentes (que tampoco tienen mucho que ver con la religión, la verdad).
Habiendo otras posibilidades de manifestación, estas me parecen burdas. Como los que están en contra de la bajada del precio de las patatas y las tiran en medio de la carretera para cortar el tráfico (¿bajada de precios y desperdicio?, ¿tráfico y patatas?). Como los que protestan porque en la escuela se impartan asignaturas que adoctrinan a los jóvenes convocando jornadas para la juventud adoctrinada (por ellos, claro)...
Situación:
Un comentarista televisivo (cientos, miles hay: no recuerdo quién), refiriéndose a la noticia referida, dice que lo primero que tienen que respetar los ateos desfilantes frustrados es la regla básica de la convivencia social: "No molestar".
Cuestionamiento y deducción:
Claro, no molestar los ateos a los católicos (mejor, ya digo, llamémosles penitentes, porque parece que si no se mezclan cosas); porque de que las procesiones molesten a quienes no se sienten representados ni por su religión ni por su cultura en esa parafernalia, ni hablemos. No está bien que los ateos hagan procesiones porque molestan, pero las largas filas de capuchones fantasmagóricos con hachas ardientes en la mano que "alegran" la ciudad, los cortes de tráfico que te atascan donde menos te lo esperas hasta que pase la comitiva (horas, a veces; sin contemplación: haberte informado antes de coger el coche), las tamborradas a media noche (los bebés, que se vayan acostumbrando a la tradición), el espectáculo sangrientro de una ejecución representada por los vecinos del pueblo ante tu puerta con profusión de efectos especiales sangrientos y música distorsionada de Bach (si se vieran... conmovedoramente escalofriante; perdónalos porque no saben lo que hacen), la vergüenza de la vistosidad costosa de un rito que conmemora una metáfora de la caridad suprema (millones de euros bien invertidos en crisis: estoy en paro y voy a pagar lo que no tengo por salir de nazareno y cumplir una promesa a cambio de la que espero que Dios me mande un trabajo)... todo eso no molesta, ¿verdad? A nadie, ¿verdad? Ni a la gente de otras religiones para cuyas celebraciones no se cortan las calles ni se declaran estados de excepción (¿no han prohibido ahora en Francia cubrirse completamente cuerpo y rostro en la vía pública? ¿hay capuchones allí?; aunque esto sería otro tema de discusión, desde luego), ni a los que vemos este tipo de algarabías como un resto atávico de chamanismo barroquista y turístico, ni a los que preferirían tener dos días libres en mayo pero se los colocan todos los años en un jueves y un viernes del calendario lunar, ni a los que, simplemente, señores, nos parece que la regla principal de la convivencia en sociedad es "no molestar", pero a nadie.

lunes, 28 de marzo de 2011

Ángel Muñoz Calvo

Hay personas que solo con existir equilibran el universo.
Hombres que no son simples piezas de la máquina.
Profesores que dan algo más que clases.
Amigos que dan mucho más que confianza.

Yo he conocido a alguien así: Ángel.

Desde que sé que ha muerto, percibo una inestabilidad en las cosas, un hueco que va más allá del espacio vacío, una tristeza que trasciende la pena del luto.
Como si algo no encajara.
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Fui con él amigo desagradecido y despegado. Disfruté poco (me parece ahora tan poco...) de su conversación y de su compañía entre los libros amontonados de su despacho: tenía muchos libros, regalaba muchos libros. Había leído muchos libros. Dejé para "cualquier día", como si uno fuese dueño de su tiempo, visitas que ya son imposibles, cafés que no tomaremos.
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No te extrañe que un día de estos me pase por tu casa y, olvidando que no estás, toque el timbre y pregunte por ti, y Beatriz me conteste y yo caiga en la cuenta, y me ponga a llorar en plena calle de la Magdalena como una ídem (ingenio quevedesco y conceptista de los tuyos).

Como lloro mientras escribo este lamento, que ni es elegía ni es nada...
Que no es lo que tú merecerías que yo fuese capaz de escribirte.


viernes, 18 de marzo de 2011

Avanza


Caminaba por la calle, con un absurdo monólogo interior desordenadamente orbitando en su cerebro alrededor del pensamiento obsesivo que le comía las entrañas desde días atrás: No puedo más.
El aire resultaba especialmente denso y difícil de tragar; se quedaba como coagulado a la altura de la garganta a cada jadeo incompleto. Quizá se trataba del fluido asfixiante de la muerte.
La astenia primaveral puede ser el tiro de gracia para los que cierran los ojos del todo cuando les da el sol, para los que no tienen opción de sentir la lluvia de marzo, copiosa, arrasadora, porque nacieron con un paraguas de sombra que les hace ajenos a la presencia de todo lo que no esté a la altura de los tobillos, incluidas las miradas y los gestos de los demás.
Pensar es un veneno para los que no saben más que concluir tristezas en cualquier silogismo.
Rendirse suele llevar a morir, y hacía tiempo que tenía firmada en el cajón de la mesilla de noche la claudicación incondicional, para cuando se la pidieran. Si es que hay alguien que pida algo tras la batalla perdida de vivir.
Por eso, allí, entonces, se murió, como una bombilla que se funde; al mismo tiempo que una estrella sin catalogar se apagaba en medio de una nebulosa de millones de estrellas a miles de años luz.
Macrocosmos y microcosmos.
Y no deja de ser pretencioso comparar una persona con una estrella.

sábado, 22 de enero de 2011

A veces me arranco poemas clavados en la sien

De tus padres heredas el final de la fábula
mal contada
del tiempo que corta,
que nos corta, en fila, uno a uno,
reduciéndonos siempre a lo que pudo haber sido
pero no llegó a ser.
Por mucho que quiso.


A mi hija pienso dejarle en herencia el tiempo
en que no querrá estar conmigo
para ser ella misma.
Como si pudiera...
Como si yo no supiera...





Libros de tanatorio

Hace poco, y, como es fácilmente deducible, por motivos desgraciados, estuve en un tanatorio. Murió una persona a la que quería mucho. Alguien especial a quien no recuerdo más que sonriendo (sí, era alguien fuera de lo normal...). Mis ojos no estaban para leer ni para dormir, por eso quizá me llamó la atención que cada vez son más cómodos los sofás de este tipo de lugares, y que -aquí llegó mi sorpresa- aparecía en un rincón visible del recinto un expositor de libros. Diez o doce. Libros con el precio pegado en la contraportada. Con una sujeción al estante para que curiosees de pie, pero no te sientes a gusto a leerlos en alguno de los sofás y te lo termines. No se trataba de libros de cortesía (que ya sería raro de por sí, en esas circunstancias), sino libros a la venta. Con títulos como (perdonad mi memoria si no soy exacto): Mamá se ha ido, Dónde está el abuelo, Te quise con todo mi corazón, Seguir sin ti... Temática evidente. Estilos diversos: más poéticos, más de autoayuda, más religiosos... pero todos con el mismo fondo y casi con el mismo tono (no sé si hay otro para hablar de la muerte, al menos dentro de un tanatorio).
¿Alguien compraría un libro en un tanatorio? ¿Para qué? ¿Para leer en las horas perdidas de velatorio? No entiendo... Soy demasiado cuadriculado: estas cosas se me escapan.
Y más preguntas: ¿Hay mercado diferenciado para esta oferta? Y si la hay, ¿para qué no? ¿Libros de restaurante? ¿De discoteca? ¿De gasolinera (la música de gasolinera es un género en sí mismo)? Ya hay libros de museo, y de aeropuerto, y de kiosco, es cierto. Se dice que todo está en los libros; ¿los libros están en todo? ¿Siempre hay un libro para un descosido? ¿Eso de "nicho de mercado" editorial tiene algo que ver (y perdón por el humor negro, si es que lo es)? No me siento capaz de analizar el fenómeno. Ahí os lo dejo. Como curiosidad.
Si queréis, aquí va un enlace, tan elocuente como intrigante, para ampliar información: alfinlibros.com . Si llegáis a alguna conclusión, no dejéis de contármela, por favor.

sábado, 15 de enero de 2011

De refugios

Si buscas la paz, es bueno no tener nada que contar.
Pero la normalidad es un refugio dentro del cual no siempre estarás cómodo.
A veces es mejor pasar frío a la intemperie...

Lo que somos en realidad

No suelo poner vídeos en este blog, pero esto es una experiencia visual.
Sólo pulsad el enlace de debajo de la foto.
Con los ojos bien abiertos. Y el corazón encogido...

viernes, 12 de noviembre de 2010

Igualdad entre desiguales

Me asusta que hayamos refinado el concepto de racismo en el de xenofobia: ya no hace falta ser de otro color para que te desprecien, solo tienes que ser de otra parte (si eres de aquí, te pueden discriminar allí; si eres de allí, aquí). Es una idea mucho más amplia y alambicada.
Me aterroriza que hayamos refinado el concepto de machismo en el de ideologías políticas autoritarias y tradicionalistas, y el de feminismo en el de ideologías políticas progresistas y modernas. Aquí, la cuestión está aún más destilada: si quieres ser moderno-progresista has de estar a favor del feminismo, o sea, de la discriminación positiva (contradictio in terminis), y si no lo estás, por eliminación de matices, eres machista y se te toma por partidario del tradicionalismo autoritario retrógrado. Ahora no hace falta ser machista para que te consideren agente de desprecio, sólo hace falta ser no feminista (incluso, para ciertas perspectivas radicales, menos mal que minoritarias, basta con ser hombre).
Así, uno puede leer por ahí que algunos gurús del neoliberalismo -y otros no tan neoliberales-hablan de que el modelo multicultural está trasnochado, que ha demostrado su fracaso y la alternativa es la asimilación. Desde la territorialidad de la idea de xenofobia, de ahí a la guerra de conquista hay un paso.
Y, por el otro lado de mis preocupaciones, uno puede escuchar por la radio la idea de que ser madre soltera tiene como ventaja principal que no tienes que correr detrás de tu pareja (se especifica que hombre, "marido" en este caso concreto) para que te ayude con el nene. Y el locutor (da igual que fuese locutora), asintiendo y afirmando la razón de tan lúcida reflexión. O te enteras de que en facultades universitarias con Rectora (magnífica, que todo hay que decirlo), profesorado mayoritariamente femenino y un porcentaje de alumnas que supera el 70%, las becas de colaboración tiene reserva por discriminación positiva de género... para mujeres.
¿Y si eres de los que piensan que toda discriminación perpetúa un problema cambiándolo de lado de la balanza? ¿Y si eres de los que creen que ser blanco y varón no es un mérito ni un demérito frente a ninguna otra caracterización de rasgos irrelevantes para casi todo (quizá excepto para cuestiones ginecológicas-urológicas y para comprarse una protección solar de mayor o menor factor? ¿Y si crees que es tan injusto y absurdo pensar que todas las niñas que jugaron con muñecas son buenas mamás y todos los niños que tenían balón son malos papás?
¿Dónde me coloco? ¿Eh? ¿Eh? No soy racista, ni xenófobo, ni machista, ni feminista, ni discriminador. Ni quiero ser discriminado. Ni siquiera positivamente.
No convirtamos en ideología lo que debe ser acción, en sistemático lo que tiene que dar respuesta a situaciones determinadas y localizadas. Los estereotipos y las medidas de conjunto borran las diferencias que nos enriquecen.

martes, 9 de noviembre de 2010

¡2000 visitas!


Por no perder la costumbre, casi lloro de emoción. Aunque la visita número 2000 concretamente me la he hecho yo mismo y no debería contar...
Gracias.
Vayan 2000 abrazos a repartir entre los muchos (más de los que yo hubiera pensado nunca) lectores y sin embargo amigos que dando vueltas por el ciberespacio, os paráis un minuto en este cuaderno de apuntes del artificial.
Y 2000 besos. ¡Qué derroche! Sin protocolos.

Estudiar, dormir, tal vez soñar...

Lo había oído; pero ahora lo he comprobado: cuanto más estudias menos sabes. Quizá tengas más posibilidades de aprobar, pero el abismo de lo que queda incompleto o irresoluble te come poco a poco el espacio de luz que ilumina lo que estudias.
A ver si escarmiento de una vez y empiezo a creerme lo que decía Sócrates, el sabio, y me conformo con llegar a saber que no sé nada, que no es poco... Y espero que eso no me lleve a la cicuta.
(Adjunto a la derecha fotografía del susodicho en tamaño familiar: ved qué cara de tío normal tenía el muy filósofo. Da qué pensar... Tengo la impresión de que en cualquier momento me lo encontraré por la calle y me hablará irónicamente del sistema educativo actual.)

jueves, 21 de octubre de 2010

Todos los días, un Cortázar, por lo menos

Yo, a veces, necesito un Cortázar. Para seguir tomándome en consideración como cronopio. Para entender un poco mejor el destino, el interior de las chisteras, las burlas de Dios.
Ayer tuve una buena excusa para volver a Cortázar después de un tiempo flotando entre famas que me hicieron olvidar mi propio fuego, que es como todos los fuegos, y que está escrito por la mano de Julio antes de que yo mismo supiera que vivía.
Fui al teatro Galileo, a ver Cronopios rotos, que dirige Sanchís Sinisterra, con su siempre cálida propuesta de alternativas que no agreden, que no ensucian, que no reducen sino que agrandan (difícil hoy, en que todo se simplifica y se empequeñece, se sintetiza y se recorta para adaptarlo al espectador) el valor de la idea primera, en este caso, del texto de dos cuentos de nuestro Julio, de nuestro Cortázar: Torito y Graffiti.
Me gustó, sobre todo, la labor de los actores, Mario Vedoya, pleno de matices, y Concha Milla, dominio absoluto del gesto y del movimiento. Sin academias. De verdad.
Un teatro pequeño, una escena sobria, el sonido de las campanas de la iglesia de al lado, una trama de línea recta, pura, a pesar de los quiebros y las elipsis del texto cortazariano, poca luz y mucha literatura... poco público (poco intelectualoide, poco despistado queriendo impresionar a su novia universitaria, pocos empujones a la salida...). Me gusta ir así así al teatro, pero no se dan habitualmente ocasiones como esta. Una noche acariciadora. Qué suerte.

viernes, 27 de agosto de 2010

La flauta

Joaquín Orellana, barrenero, tenía el pulso firme y la mirada triste por algo más que por las muchas pegas que había hecho explotar en su vida. Al contrario que todos sus compañeros, no tenía un rasguño en toda su anatomía visible. Pero no alardeaba de ello; era serio y reservado, cumplía su deber con impasibilidad de estatua y minuciosidad de dentista. Al final del trabajo, delante de todo el mundo, se desnudaba de pies a cabeza, se lavaba bien lavado con agua fría, en una palangana desconchada, se mudaba de ropa y se ponía a tocar la flauta, hasta que el sueño le vencía. No molestaba a nadie; pero se iba con su música a un descampado a las afueras del pueblo. Todos los crepúsculos aumentaban su melancolía con las notas líricas de la flauta, que ponían paz y tristeza en el campo atardecido. Se podría decir que su flauta lloraba o, al menos, que se lamentaba. Eran tonadas suaves que se diluían en las primeras sombras de la noche, sin apenas hacer ruido; a veces se sostenían hasta donde la capacidad pulmonar de Joaquín aguantaba, que era mucho; a veces, bailaban a un ritmo vivaz, que tampoco se desbocaba demasiado, volviendo pronto al cauce de la monotonía de las penas contenidas. Se sabía que había estado casado con una mujer muy bella que había muerto del parto de su primer hijo, que también había muerto a los pocos años. Dos anillos en el dedo anular de su mano izquierda eran el único testimonio de su tragedia pasada. Todos pensábamos que la desesperación de su flauta vendría de aquella historia, de su larga soledad y de sus memorias lacerantes. Nadie oyó nunca una protesta, como si le dejara a la flauta que expresara sus sentimientos. Algunas parejas furtivas, que hacían el amor en las eras de los alrededores, agradecían aquella música que ponía un contrapunto a sus exaltaciones y completaba su experiencia de la felicidad. Hasta que un día, un barreno incontrolado, impensable en su oficio y en el temple de sus nervios, le arrancó de cuajo el brazo izquierdo y le sembró de esquirlas el tronco de gigante. El brazo salió disparado y se perdió lejos, entre rocas y escombros, envuelto en la humareda de la pega y en el polvo de la tierra revuelta por la explosión. El no se quejó y, cuando volvió en sí del ruido y de la pérdida de sangre, preguntó por su mano perdida, que sus compañeros fueron a buscar entre los escombros. Cuando la encontraron, sanguinolenta y destrozada, echaron de menos el dedo de los anillos. Él no se inmutó y, con el tiempo, se apañó tanto a preparar las pegas con su mano izquierda, como a tocar la flauta con una sola mano, y consiguió que su música fuera todavía más triste, más desolada, como si ahora se quejara también de la pérdida de los anillos.
Los túneles del paraíso
Luciano G. Egido

jueves, 26 de agosto de 2010

La muerte como cambio físico

El burdo rostro de Andrés, cortado a trochas y sin más gracia que sus vivos ojillos de hampón buscavidas, aquella noche, con el lento paso del tiempo, se había ido afilando, deshaciéndose y llenándose de una luz, como iluminado por dentro. Una amargura soterrada afloró a su cara contraída por el dolor y le quitó la vulgaridad obscena de su expresión habitual. Aquella tensión de hambrón insaciable, que deformaba sus rasgos en un continuo movimiento de avidez y de locura, había dejado paso a una serenidad casi aristocrática, que le infundía dignidad a su pequeñez de zascandil y a su máscara de perdulario insatisfecho, enrabietado por su destino de nada por delante ni por detrás, ni de ayer ni para mañana. La cabeza suelta se la habían sujetado con un par de piedras por cada lado y se había petrificado en un gesto de sosegada aquiescencia. Su nariz era inevitablemente grande, pero con la muerte se había suavizado su agresividad de roca. Como si le hubieran pasado un paño de misericordia por su innoble figura, se había vuelto guapo en su reposo y las sombras que bailoteaban a su alrededor, a merced de la llama del candil, alargaban sus piernas, como un milagro de última hora. La noche, la soledad y la muerte le sentaban bien al tontaina de Andresín, que por una vez en su vida se estaba quieto, obediente a su destino, en aquella mazmorra que le había estado esperando desde siempre, vivo o muerto, por su propio pie o con los pies por delante, que al final es lo que había ocurrido, como si estuviera previsto.
Si alguien lo hubiera observado en aquella tétrica madrugada, que no acababa de cuajar en la luz del alba ni ceder a los últimos destellos del día, hubiera descubierto que, contra toda probabilidad, era un hombre guapo. Lo que había pasado es que la vida lo había vuelto feo y ahora, con cuatro puñaladas en el cuerpo y la cabeza separada del tronco, había recuperado la belleza perdida, a la que había estado esperando volver siempre y que por fin le había llegado su hora. Como si el estar solo como no lo había estado en muchos años, le hubiera devuelto la guapeza que hasta entonces le había faltado en demasía. Ya no tenía que hablar, no tenía que mentir ni que expresarse de ninguna manera, hacer gestos, moverse, huir, echar la vista atrás para huir de su sombra. No tenía que hacer nada para ser él. Desnudo, sincero por primera vez en su vida, devuelto a su ser natural, el que nunca había sido ni sospechado que podía ser, Andrés yacía en aquel depósito municipal como una cosa, que movía a la conmiseración y al duelo.
La muerte había ido afinando sus rasgos en una fina labor que había durado muchas horas. Sus músculos faciales se habían aflojado, innecesarios ya para mantener su altanería y su rabia de desheredado, sin salida. Sus ojos ya no tenían aquella curiosidad que los abrasaba y su entrecejo había vuelto a la limpieza infantil del paraíso que lo había acogido al llegar al mundo. Su frente había perdido su hosquedad de maleza enmarañada para dejar ver un espacio abierto, que delataba una tranquilidad de estatua y una luminosidad de alba eterna. Su largo pelo, manchado de sangre, brillaba a la luz del candil como una aureola de santo que purificaba el perfecto óvalo de su rostro y le confería la gracia de una imaginería celestial de visita en la Tierra para ejemplo de descarriados y pecadores. Sus manos yacían a su vera, abandonadas a la quietud de su descanso, sin acritud ni violencia, inertes en su inocencia inválida de objetos sin utilidad, de precaria anatomía de cadáver. Era bello como un ángel, que nadie hubiera sospechado en vida.
Pero nadie pudo ver la transformación ni testificar el milagro. Porque la noche, salvo los niños de la primera hora, transcurrió sobre su cadáver en la más absoluta soledad. Ni curiosos ni amigos, ni siquiera los asesinos que dieron cuenta cabal de él, se asomaron a comprobar su buena mano, despenándolo cuando más lo necesitaba, al final de su resuello, cuando ni ganas de vivir tenía. Como un pozo sin memoria.
Los túneles de paraíso
Luciano G. Egido

miércoles, 25 de agosto de 2010

Los túneles del paraíso, de Luciano G. Egido

Tenía yo 18 años recién cumplidos cuando, el verano en el que terminé el instituto, justo antes de empezar la universidad, y sabiendo que en casa no había demasiados recursos para ello, propuse a mi madre que quizá podia ponerme a trabajar un tiempo en la construcción de las vías del tren que pasaban cerca de mi pueblo para el tramo del AVE a Sevilla. Recuerdo que me ofendió que me respondiera que no, que ese era un trabajo para hombres. Yo, que me creía ya un adulto con experiencia de la vida... Este libro me ha demostrado que mi madre tenía razón, aunque yo esté hablando de los años 90 y la historia que narra Egido se sitúe a principios del siglo XX. Maquinarias y tecnologías aparte, hace falta un desarraigo, una capacidad de soledad y una especial sensación del tiempo para dedicarse a construir caminos, de tierra, de asfalto o de hierro. Y sus túneles.
***
No sé si recomendaros esta lectura.
Tiene resplandores de una luz intensa, momentos en los que el lector llega a levitar, párrafos dignos de ser obra por sí mismos... pero para encontrarlos hay que meterse en un túnel oscuro y temible, de palabras que no dicen mucho e historias que nos suenan como si las hubiéramos oído contar alguna vez.
Me compré el libro porque Senabre, el crítico del mundo que hizo una valoración de mis relatos para El Cultural, lo calificaba como excepcional. Y desde luego que tiene líneas de oro.
Insisto, no sé si recomendároslo. Pero, como hago otras veces, os voy a proponer unos párrafos de su lectura. Juzgad vosotros mismos.

martes, 24 de agosto de 2010

Oración agnóstica del veraneante insatisfecho

Gracias, Suma De Lo Vivido, por haberme hecho tal que en verano prefiero estar solo que bien acompañado. Porque sé que en el tercer cubata de chiringuito, como en el vino del aperitivo eterno, está la verdad inconsciente pero no la diversión inconsistente, y que un bikini escandaloso esconde tanto como un vestido de novia; y porque entiendo que la belleza de las puestas de sol en los lugares fotogénicos es la misma que la de las que contemplo desde el coche cuando vuelvo a casa desde el trabajo. Te agradezco que me hayas hecho aburrido, antipático, raro... pero no ridículo. Te ruego, por favor, no me dejes caer en la estupidez vacacional en la que el color de las luces define lo especial que es la noche. No permitas que se apodere de mí la sensación de que el bronceado es el objetivo de mi ocio, ni me abandones cuando la música de la verbena empiece a sonar. Amén.

lunes, 5 de julio de 2010

Diccionario de sinónimos y antónimos


apenas

  • escasamente, difícilmente, ligeramente, levemente, insuficientemente, exiguamente, limitadamente, pobremente, casi no, con dificultad
    • Antónimos: completamente, totalmente
  • tan pronto como, tan sólo, nada más

Por probar no pierdes nada....

Que las musas te pillen trabajando.
Tampoco tienes otra cosa que hacer...
Teclea a ver lo que sale.
Puede que se note en tu texto improvisado la caída de tus ojos de sapo ojeroso, la tos flemática por el humo de tabaco que se acumula en la habitación -y es que cualquiera abre la ventana con cuarenta a la sombra-, el traqueteo moroso de las teclas que rebota contra el fondo del pasillo -y es que cualquiera cierra la puerta con cuarenta o más-. A lo mejor alguien deduce de tus palabras lo pesado que te sientes, lo pegajoso de tu cuello en estas cuatro de la tarde. A ver si al leerlo, por casualidad, hay algún alma compasiva que te haga llegar, como pueda, un soplo de vida.
Y cuánto más claro seas pidiéndolo, mejor. Sin sutilezas, que las musas duermen la siesta.