viernes, 1 de junio de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 7


El olvido que no llega...
Pendiente a cada rato de tu azar;
absorto en la aleatoria de tu voz
de tonos imprevistos...
Mirando al cielo por no verte venir...
Sentado ante el espejo para sentirme ridículo y
tal vez así...

sábado, 26 de mayo de 2012

Niños muertos

Hoy no tengo ganas de hablar.
Esto pasó ayer.
En Siria.
En total murieron 32 niños.
¿Y qué?


jueves, 24 de mayo de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 5


No finjas.
Sé que no miras nada,
aunque tienes los ojos abiertos.
Y esos suspiros...
Deben ser falsos.
Tú no tienes sentimientos.
¿Ves yo?
No pregunto. Me estoy quieto.
No te rozo. Ni me acerco.
No disimulo. Lo sabes.
Sabes que te tengo miedo.

domingo, 20 de mayo de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 4


Envuelvo mis labios con tus besos soñolientos
que recuerdan al perfume adormecido de tu nuca.
Y arrastro las cadenas que cuelgan de tu cuello,
como el fantasma que a veces pasa por tus ojos.
Me hundo en el pozo de esos astros alejados del sol,
mirando arriba el redondo acariciar
que concede tu sonrisa.
Y peleo con la lógica testamentaria de tus labios,
que me dicen que me quieres;
y me odian.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 3


Aprecio el gesto.
Tus labios marcan sombra
en la mejilla.
He visto la sonrisa pero,
gracias,
no beberé más mentiras.

sábado, 12 de mayo de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 2


Tu espalda
marca límites de horizonte
al llano de mi cama.
Entrando por la ventana,
ascienden por tus brazos
vientos de lluvias cercanas.

martes, 8 de mayo de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 1


La única prueba de amor
de que no podría dudar
es, si dormida,
olorosa,
te vuelves
y me besas el hombro.
Sin abandonar el ritmo
de respiración del sueño,
sin saber...
que estoy despierto.

viernes, 4 de mayo de 2012

La magia de los pianos


Si algún día tengo la posibilidad, me compraré un antiguo piano de cola, aunque no sé tocarlo, aunque nadie lo toque, para que amanse el aire de la habitación en que esté callado, para que la música que lleva dentro se esparza como un perfume por la casa, para que de vez en cuando venga el afinador y el aire brille de chispas dispersas de tonos flojos. Colocaré en su atril partituras amarillentas de Bach (por si las necesita, que quizá), en hojas sueltas, desordenadas y un poco arrugadas, como si alguien, mucho tiempo atrás, las hubiera dejado en la pausa de un ensayo y no hubiera vuelto nunca.  No me atreveré a acercarme mucho. Ni se me ocurrirá pulsar sus teclas; sería un accidente, convertiría su existencia en ruido. Si viene a casa alguna visita y sugiere tocarlo, disimularé: el café ya está, se está más fresco en el jardín, está desafinado (mentira)... Ese piano no se toca. Sólo está. Y es suficiente; demasiado para mí, tal vez.


miércoles, 2 de mayo de 2012

Nada, gracias

"Si vivís hasta los ochenta, habréis dormido treinta años, ido a la escuela y hecho deberes cerca de nueve años y trabajado casi catorce años. (...) Después gastaréis, como mínimo, doce años en limpiar, hacer la comida y cuidar a los hijos; os quedarán como máximo nueve años para vivir. (...) Y todavía osaréis emplear esos nueve años en fingir que tenéis éxito actuando en este teatro sin sentido..."
Nada, Janne Teller
Lectura recomendada.


Post Scriptum: Este blog se está convirtiendo en lo que debió ser desde el principio: no una muestra absurda de lo que escribo, sino un extracto interesante de lo que leo. Más vale.

lunes, 30 de abril de 2012

¿Diez mil y pico?

¿Diez mil y pico visitas? ¿Seguro? ¿Estáis ahí? ¿Seguís ahí? No lo entiendo...

jueves, 26 de abril de 2012

Cinco amigos y un...


He sentido una sensación tan kafkiana después de releerlo por tercera vez, que no tengo más remedio que compartirlo con vosotros, como un tesoro de matices grises imposibles:

Somos cinco amigos, hemos salido uno detrás del otro de una casa; el primero salió y se colocó junto a la puerta; luego salió el segundo, o mejor se deslizó tan ligero como una bolita de mercurio, y se situó fuera de la puerta y no muy lejos del primero; luego salió el tercero, el cuarto y, por último, el quinto. Al final formábamos una fila. La gente se fijó en nosotros, nos señalaron y dijeron: «Los cinco acaban de salir de esa casa». Desde aquella vez vivimos juntos. Sería una vida pacífica, si no se injiriera continuamente un sexto. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que es suficiente. ¿Por qué quiere meterse donde nadie lo quiere? No lo conocemos y tampoco queremos acogerlo entre nosotros. Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué sentido tendría ese continuo estar juntos. Tampoco entre nosotros cinco tiene sentido, pero, bien, ya estamos juntos y así permanecemos, pero no queremos una nueva unión, y precisamente a causa de nuestras experiencias. ¿Cómo se le podría enseñar todo al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el pico, lo echarnos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa.
Franz Kafka

martes, 24 de enero de 2012

Mil perdones


Disculpad los chistes sin gracia, los malos poemas, los títulos trasnochados, las reflexiones político-filosofico-ridículas, las fotos evidentes...
Lo siento, queridos lectores de este blog (¡ocho mil y pico visitas...! ¿cómo se come eso?).
Ya me conocéis: cualquier cosa menos ponerme a corregir...
Mi pereza y yo no damos para más.

¿Y para qué?


Deja que el tiempo pase.
Es la única alternativa.
Lo demás es engañarse creyéndose alguien, algo
con un mínimo de trascendencia más allá
del
simple
paso
del
tiempo.
Déjalo para mañana... si es que llega.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Historia sin nadie


Las calles están desiertas siempre que sueño.
Y no oigo nada más que mi respiración; como si me tapara los oídos, igual que en una caracola.
Mi casa está desordenada pero vacía, habitada pero ausente... como si acabara de salir corriendo en cuanto me dormí. Me delatan los libros sobre el sofá y la lamparita encendida del dormitorio.
Humea el café en la cocina y a veces hasta percibo el vaho dulce que sale del cuarto de baño: me he ido hace un segundo. El tiempo justo de coger el reloj y ponerme la chaqueta.
Sabía que venía y me he dejado una nota pegada con imanes en el frigorífico: "Vuelvo cuando despiertes".

jueves, 22 de diciembre de 2011

Desesperanza que ha dejado de fumar


Todos somos poco,
pero solo algunos lo saben,
otros pocos lo sienten;
otros no pueden dejar de llorar por todo.

martes, 20 de diciembre de 2011

Yo de pequeño quería ser...

Primero, de niño, quise ser torero, por la épica del valor que a todos nos gustaría tener; cuando vi de cerca un toro de verdad, se me pasó. Ser músico o cantante también resultaba una buena alternativa, y artística también; soy tan tímido que me es imposible tocar con público, y cantar (destrozar canciones) ni te digo. De jovenzuelo, más que nada por influencia televisiva, quise ser piloto o médico. Lo de volar no se pudo cumplir porque resulta difícil acostumbrar el cuerpo a flotar cuando ya estás talludito y tienes las carnes duras; en cuanto a lo de médico: hubiera sido terrible (hubiese llorado con mis pacientes más que curarlos). No soy hombre de acción, sino de contemplación. Por eso mi vocación auténtica es la de escribir (mal, poco, pero). Por eso a veces, sin tener mucho que decir, necesito teclear tonterías...

miércoles, 12 de octubre de 2011

Seamos educados...


Hace mucho tiempo que vengo necesitando desahogar, como profesor, mi frustración.
Tiendo a ser reservado y dar mi opinión solamente cuando la calma me deja ver con claridad las palabras con que transmitirla. Pero es que se me acaba la paciencia...
Seamos educados, pero hablemos de educación. Y de lo que hay detrás.
La enseñanza madrileña está en huelga; pronto nos seguirán otros compañeros y alumnos de diferentes lugares que ven, en estadios quizá menos avanzados, cómo se les arrebata la dignidad. No es cuestión de sueldos ni de horas. No.
Porque no se trata de que a los profesores nos paguen menos (nuestros sueldos no están en absoluto por encima de cualquier otro trabajador para cuyo puesto sea exigible una formación superior y acreditar competencias desarrolladas y muy concretas), ni de que nos exijan más horas de trabajo (ya teníamos un horario de 37,5 horas semanales, que, al ser modificadas en su cualidad con dos horas más que pasan de ser trabajo de atención a sesión de clase, se convierten, porque cada alumno de clase requiere de un tiempo de dedicación fuera del aula, en bastantes más de 40), ni tampoco es que nos hagan trabajar en condiciones degradadas (más de 30 alumnos por clase, nada de los recursos tecnológicos que siempre están por llegar, actividades extraescolares eliminadas, imposibilidad de aplicar esos mecanismos de apoyo y personalización de la enseñanza que tanto se propugnan en campaña electoral...). No, que no es eso: lo peor es que nos toman por tontos y creen que no nos damos cuenta de lo que pasa.
Tampoco es solamente que nuestros alumnos se conviertan en ciudadanos de segunda: los pobres chavales de barrio trabajador marginal que quedarán en la enseñanza pública cuando nuestros políticos construyan ese sistema concertado-privatizado que ya tienen en mente y nos cuelan bajo mano poco a poco, movidos por requisitos de rentabilidad y reducción de gasto (eso sí, no esperen ustedes pagar menos impuestos por ello), esos chicos que están destinados a trabajar en las fábricas de ladrillos o en la limpieza de edificios o en la producción en serie, serán sirvientes. Es necesario que haya sirvientes para que haya amos. "¿Para qué necesitan saber trigonometría o leer poesía? Eso hay que enseñárselo al que pueda aprovecharlo", dirán. "Gente como Dios manda" (y qué poco me gusta esa frase hecha). "¿Qué es eso de que la gente llegue donde pueda, según sus capacidades?". No vaya a ser que algún lúcido se les suba a la chepa con exigencias: "Mira dónde nos ha traído esa idea ridícula de la democracia, que ya no se la tragan como se la damos y la quieren de verdad...". No, no: "La gente tiene que llegar hasta donde pueda (pagarse)". Hay que pensar en el futuro: "Así no habrá problemas y no tendremos que provocar otra crisis financiera limpiadora".
Pero vamos, que no es eso en realidad. Son cuestiones colaterales. Hay más detrás. Lo realmente importante es que quieren convencer a la gente de que peor estamos mejor, de que es necesario que estemos peor, de que estar peor nos beneficiará de cara al futuro, de que si seguimos con la absurda idea de querer ser libres (mirad el 11-S), tener las mismas oportunidades unos que otros (el comunismo ya cayó) o vivir como personas (cómprate un piso: tienes derecho según la Constitución que escribieron y aprobamos), esto es insostenible. Todos no podemos tenerlo todo porque no llega; así que usa el sentido común, confórmate y deja que los que siempre lo tuvieron lo sigan teniendo todo.
Ya me diréis como se aguanta uno de decir lo que piensa, si piensa esto.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Más impuestos, por favor


Una de las pruebas más claras de que estamos llegando al abismo es la ruptura de la lógica.
El mercado se hunde a sí mismo con el fin de comprar a bajo precio y esperar luego subidas a niveles medios con tantos por ciento descomunales de un beneficio que llegará pronto o tarde (claro que llegará, ¿lo dudáis?).
Los políticos no saben qué hacer, pero no paran de hacer cosas (principalmente meter la pata), y sobre todo de hablar de lo que habría que hacer, como el que en la barbería ve pelar las barbas del vecino remojándose las suyas.
Los que trabajamos por cuenta ajena ya no lo hacemos por el sueldo; se saldrá adelante como sea si nos suben los impuestos, si nos reducen el salario o si hay expedientes de regulación y nos mandan a la calle unos meses; lo importante es conservar el puesto. Trabajar para no perder el puesto de trabajo, como si fuera esa silla cuando te fuiste a Sevilla.
Lo mismo les pasa a los que trabajan para sí mismos, los autónomos y pequeños empresarios, los agricultores: no es que no estén ganando dinero, es que lo pierden... pero se trata de no cerrar el taller o la tienda, de no vender la tierra. ¿Ganar dinero? Que se lo digan a los farmacéuticos.
Hay parados que cobran más así que trabajando, y en mejores "condiciones laborales", visto como se tiende poco a poco un régimen de semiesclavitud competitiva (trabaja si quieres comer) con los países emergentes (cuya población no tiene más remedio que conformarse con comer poco, y eso es lo que habría que cambiar).
Y, para colmo, ahora me salen los millonarios del mundo (no es una ONG, ¿eh?), pidiendo que, por favor, de una vez, ya, por lo que más quieran los gobernantes del mundo (que tampoco son una ONG, seguro), que les suban los impuestos. Están hartos los pobres de no pagar como todo quisque. Vale que tienen la mayoría de su patrimonio en paraísos fiscales, o que dominan a la perfección las estrategias de evasión fiscal. Bien, de acuerdo. Pero al menos permitidles que se diviertan viendo como les dejamos ocupar el papel de los rumbosos que quieren pagar a escote aunque son los dueños del bar.
No os dejéis engañar.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Si tú me dices ven lo dejo todo... pero dime ven, de Albert Espinosa


O yo soy muy raro o es que el abstracto público lector es tonto sin más.
Estoy hablando del libro superéxito total de la muerte de la última temporada, que arrasó por goleada en la feria del libro de Barcelona, a cuyo autor entrevistó el propio Buenafuente y del que se encuentran 420.000 referencias en 0,31 segundos de Google, incluida una página de Facebook en la que se pueden leer todo tipo de alabanzas y agradecimientos de un montón de gente a la que la citada novela ha cambiado la vida y a los que, dicen, ha animado a la lectura y acercado a la literatura.
Todo eso después de que yo, con los ojos como platos, acabara de leer esta redacción de instituto (y hablo por experiencia: he leído narraciones de chavales de la ESO que superan con creces en todo, excepto quizá en extensión y no tanto, este bodrio), avasallado todavía por su ni siquiera conseguida pretensión de ser un libro de autoayuda barato y lleno de frases de galletita china de la suerte. No hay argumento (al menos completo y con sentido); no hay personajes, sino bocetos infantiles de arquetipos sin el más mínimo relieve; no hay estilo definible más allá de la dispersión (pero no la dispersión del que deconstruye sino la del que no sabe construir) y el bajísimo dominio de la gramática textual. Uno llega a tener la impresión de que no se trata de un libro sino de la redacción a sucio de una idea (mala). Una verdadera patata.
No soy nunca tan duro con una obra (?) en ninguna de mis opiniones de este blog -creo que es la primera vez que me permito este nivel de rechazo al escribir una reseña-. Pero es que no me queda más remedio que decirle al autor lo que muchas veces me digo a mí mismo (y podéis encontrarlo en muchas entradas pasadas): si no vas a llegar a hacer Literatura, si no tienes nada que decir, si no sabes escribir, no escribas. Hay muchos que saben hacerlo y no podrán porque tú estás ocupando un sitio en las estanterías sólo para vender humo, palabras vacías encuadernadas.
Yo me aplico el cuento y eso legitima mi exigencia: déjalo, Albert Espinosa. No pienso decirte que vengas. Que me devuelvan el dinero.
Termino prometiéndome dejar ya las lecturas que recomiendan con el adjetivo de "fresquitas", "veraniegas", "originales" o "refrescantes". Ya he tenido bastante.
Mañana empiezo a releer Rayuela otra vez.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Nemirovsky


Últimamente me ha dado por las lecturas fresquitas y veraniegas. Y así me va...
Los perros y los lobos, de Irène Nemirovsky me ha decepcionado. Es un cuento de hadas con toques de romanticismo francés y victimismo judío, todo entremezclado. Como un gran pastel de varios pisos, cada uno de un sabor a más alto más dulzón y terminando en un inefable almíbar pegajoso.
Incluso estoy sorprendido de su éxito de ventas, porque no hay en este libro ingredientes de gran audiencia: ni la acción trepidante de El código Da Vinci, ni el juego psicológico de Stephen King, ni el entramado intrigante de La tapadera o El jardinero fiel... No sé. Ni eso. No me encaja que tanta gente haya encontrado en una nueva versión de la Cenicienta, ahora con toques de pintora bohemia y Oliver Twist, motivo suficiente para convertirlo en superventas internacional. El secreto puede estar en la propia autora, cuya biografía, desde luego, es casi más novela que sus escritos; eso siempre resulta. Muchos leen al escritor no el libro. Y, en este caso, los paralelismos son muchos entre uno y otro, porque la vida de Nemirovsky es sin duda la materia prima de esta historia. También puede ser que el estilo, a momentos decimonónico y siempre relamido, sea una baza comercial para cierto tipo de público con ínfulas de culturilla. O la superficialidad de la mirada narrativa, atenta hasta la exasperación a los matices de color o el tacto de texturas, que es una clave para establecer el retrato robot del lector potencial, para el que la sensualidad es primordial en el relato, por encima del avance de la acción y de la profundidad de los personajes.
"No hay libro tan malo que no tenga algo bueno", decía Cervantes. Pues sí: la descripción de los personajes, sobre todo al principio del libro, demuestra que la escritora dominaba la técnica del retrato; además, la voz narradora es clara y femenina, delicadamente sutil, en algunos pasajes
que atribuyen destellos de personalidad al conjunto.
No digo más. Allá vosotros.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Plataforma, de Houllebecq


Desde hace tiempo tenía interés en echarle el ojo a algo de Houllebecq. Tuve ocasión de leer unos versos suyos, un adelanto en la prensa de su último poemario, y me llamaron la atención. Ahora, estos días, ha caído en mis manos un ejemplar de Plataforma que no he dejado escapar. Es prosa; una novela extraña y multiforme como aquellos poemas.
Desde luego, el autor domina el lenguaje; juega con él y lo transforma de coloquial en comercial, de descriptivo en filosófico, de reflexivo en analítico. Además, está de fondo ese juego mismo con la acción, que se presenta tópica y continuamente tropieza con lo improbable hecho una realidad que el lector percibe como cotidianeidad, hasta el punto en que es imposible no imaginarse al propio escritor viviendo las escenas y pensamientos que atribuye a sus personajes y transfiriéndoles sus impresiones y momentos personales. De hecho, lo más (lo único) "novelesco" (permítaseme) de la historia, el final, resulta sorprendente pero no redondo. No cuadra con el resto de la sucesión de estampas con las que el lector puede conectar sin esfuerzo.
Pero me ha llamado especialmente la atención, y doy por hecho que es uno de los factores que han determinado el prolongado éxito de la obra en las librerías, que el autor ha eliminado lo que en algunas ocasiones he oído nombrar como "elipsis sexual": ese momento que estamos acostumbrados a que desaparezca de las historias, en cine, en literatura, en teatro, en pintura, porque no es socialmente correcto, aún, mostrar la crudeza (?) del sexo. Se excluye el contacto carnal del arte o se simboliza ingenuamente como si no formase parte de la vida y, por tanto, de las expresiones artísticas. Como mucho, se le permite la marginalidad de la pornografía. Pues bien, Houllebecq no elide el sexo de su historia, sino que lo incluye como un elemento más de la acción y de la identidad de sus personajes, conformándolo como parte de esa normalidad de la que hablaba antes. Y lo hace bien: el lenguaje es claro y directo, sin recurrir a las imágenes ingenuas a las que nos tiene acostumbrados la hipocresía bienpensante que inventó lo de las abejitas y las flores. Es difícil escandalizarse y más difícil todavía darle mayor atención que la que el autor le concede. Un verdadero logro que nos lleva a pensar que, algún día, quizá, nadie vea normal que los amantes se besen apasionadamente y... ahí acabe la escena, como si tal cosa.
Finalmente, otro aspecto destacable del libro es su latente crítica social e ideológica, presente en cualquier análisis mínimamente riguroso que hagamos de la obra: la burguesía y su sistema de valores, representada en el protagonista; la mercantilización de la sociedad y el poder del dinero sobre cualquier moral; la ilusión de libertad posible, que se personifica en el personaje femenino principal... Previsible en un autor de la trayectoria de Houllebecq, algo tópica, pero más clara de lo que estamos acostumbrados a ver de un tiempo a esta parte en las literaturas europeas.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Dulce jueves, de Steinbeck


Steinbeck siempre logra algo especial: que compartamos el silencio del indio Kino de La perla, que no odiemos a George por matar a Lennie en De ratones y hombres...
En Dulce jueves nos convierte en cómplices.
Nos encontramos con un devenir desordenado, algo faulkneresco pero con notas personales: fluidez narrativa en líneas discontinuas, sucesión de imágenes apenas insinuadas pero no por ello menos cargadas de fuerza que en otros de sus libros, personajes desdibujados e indefinidos pero complejos e interesantes e impredecibles.
El propio autor hace una declaración de intenciones al principio del libro, por boca de uno de los personajes: quiere escribir una historia sin descripciones y sin presuposiciones. Sin estructura artificial; orgánica y autosuficiente como el devenir mismo de la vida.
Y eso es lo que se encuentra el lector, una historia que cobra vida propia más que imaginaria, que se crea como lectura personal y única partiendo de unas bases que el escritor ha trabajado para precisamente permitir ese difícil proceso de la implementación necesaria del receptor del texto para lograr el nacimiento de sus personajes, su movimiento, sus acciones dentro del universo no pre-creado hasta que uno abre la primera página y comienza a leer.
No soy amigo de resumir argumentos, eso ya lo hacen las solapas de los libros destinados a venderse bien, pero es que en este caso, además, me sería enormemente difícil contar lo que pasa en esta novela. En todo caso os podría explicar lo que pasa en la que yo he leído. Pero eso no tiene ningún interés.
Mejor dejad que fluya ante vuestros ojos otra diferente.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Razón y horizonte de la crisis


Hay sesudos estudios sobre el tema, muchos economistas que indagan, los filósofos reflexionan, profundizan en las razones de la crisis, la tan cacareada crisis económica (y de fondo, crisis de valores, dicen). Y no voy a venir yo ahora con la clave, desde luego, que me sobra modestia y me falta entendimiento (¡Fíjate que ironía me acaba de salir con la modestia y el creerse un listo...!), y, por si fuera poco, no soporto a los del "estoescomotodo". No. No van por ahí mis tiros.
Es que simplemente quiero insistir en que esto no es una crisis, sino una consecuencia (no llevará a cambio de modelo, sino a dar un paso más en el vigente); que no es económica, sino cultural (afecta, fundamentalmente a nuestro modo de vivir y de ver el mundo); que no está en manos del mercado ni del sistema solucionarlo porque no son ellos quienes la producen, sino nosotros, cada uno de nosotros, que pensamos que es normal que salga en el telediario el más famoso, el más poderoso, pero no necesariamente el mejor, y que envidiamos a los que tienen y no a los que son, a los ricos y no a los buenos; que esta situación no terminará con medidas de reactivación o con creación de empleo o con control de las primas de riesgo, sino cuando lo que están ganando dinero con todo este barullo dejen de ganarlo.
La culpa es de todos y todo seguirá así mientras veamos normal que comprar y vender sean los criterios por los que cualquier cosa determina su valor.

martes, 30 de agosto de 2011

Primera plana



Si yo alguna vez dirigiera un periódico o decidiera a lo Murdoch qué se publica en alguno de ellos, mi noticia de primera y con foto, todos los días, sin excepción, sería el número de personas muertas de hambre que suma el total de nuestra negligencia. Así a diario, hasta que la sociedad, todos nosotros, tomáramos conciencia de que eso es lo que realmente está pasando en el mundo y que todo lo demás, como mucho, es secundario: la bajada de la bolsa, la caída de los gobiernos, la actualidad cultural, los fichajes deportivos...
No entiendo cómo los informativos televisivos pueden abrir destacando lo que pierden las grandes empresas en el Dow Jones, ni que se diga por todas las emisoras de radio sin rubor que un jugador de fútbol ha fichado por un equipo que ha pagado por él veintitantos millones de euros, ni que se haga hincapié en las conversaciones de ascensor sobre el sufrimiento alegre de los turistas que invaden la ciudad y sudan la gota gorda entre monumento y monumento.
Y mientras tanto, de colofón, como nota curiosa del un telediario lleno de tópicos típicos y consejos absurdos (beber, ir por la sombra... ¡somos tontos o qué!) para soportar la ola de calor de todos los veranos (¡hace calor como todos los veranos!), al final de los deportes y justo antes del tiempo, se deja deslizar que si antes de que lleguen las luvias no siembran pronto en el cuerno de África unas semillas que no pueden pagar, la hambruna millonaria en muertos se convertirá en una catástrofe ya inconmensurable.
Sigamos de vacaciones.
Cuando nos toque a nosotros nos extrañaremos de que nadie haga nada.
Me da miedo.

No desvíes la mirada de estas fotos. No son efectos especiales.



jueves, 25 de agosto de 2011

La condición humana de los políticos


No es cuestión de clase, ni de cultura, ni de moral: ser político atonta y corrompe.
Llego a tan clarividente y estricta conclusión sin excepciones después de ver un documental de la televisión catalana sobre la crisis económica en Islandia y las revueltas populares a las que dio lugar. No recuerdo el título del programa (ah, memoria fungible), con el que me tropecé zapeando de madrugada entre un remolino de teletiendas, astrólogos y concursos en redifusión, pero me sedujo su carácter puramente revelador, sin voz de fondo que dirija la tesis de partida hacia su prueba, sin escenas de archivo para rellenar, sin entrevistas planificadas con trasera de croma geométrico y relajante: tan solo aparecía gente hablando, moviéndose por la ciudad o por sus casas, conversando con sus vecinos (de vez en cuando se intercalaba algún fragmento de informativo televisado para poner en contexto lo que se decía en el desarrollo de la línea de testimonios directos).
Entre otros, nos encontramos en el avance del documento con un paladín de las libertades (los nombres no son lo mío, ya digo) que, parado y sin expectativas de futuro por la crisis económica, se echó a la calle para formar parte de una revolución que exigiese responsabilidades a los culpables y un cambio de ideología para buscar una la solución.
En un momento determinado, este manifestante se convierte en la voz de muchos, en líder de masas. Y pasados unos meses, en las elecciones convocadas para hacer efectivo ese cambio de timón que solicita el pueblo islandés, se presenta como cabeza de lista de un partido político que tiene opciones de representatividad. Habla ante la cámara y dice que salir elegido como diputado sería una solución... ¿Para qué?. Atención: "Es un sueldo fijo." Según su hijo, que papá tuviera trabajo arreglaría muchas cosas en casa. Su mujer plancha al fondo de la habitación y asegura que para ella es toda una novedad planchar camisas porque su marido nunca las ha usado, algo que parece hablar en pro de una conciencia de clase que casi se da por supuesta; entonces él se acerca y le dice, sin "por favor": "Necesitaré once más." Fin de la escena.
Sueldo fijo nada desdeñable, once camisas impecables y una mujer dispuesta a planchar es lo que encontré detrás del luchador por la libertad anticapitalista, parado y, como se suele decir, un hombre corriente.
Y eso en Islandia, que sabemos que los nórdicos y su sociedad serena y productiva son modelo a seguir.
Apuesto lo que sea a que al ser más íntegro del universo le das un escaño de diputado y se convierte automáticamente en eso mismo, con ligeras diferencias de escala...

domingo, 21 de agosto de 2011

Reliquias del siglo XXI


Se me junta que ayer leía este impresionante recopilatorio de las más extrañas y recientes apariciones de Cristo (un señor con barba, al menos) y la Virgen (o una señora vestida de largo, quizá) en los más increíbles soportes (una patata frita, en un jamón, en un cheeto...), con que me entero de que han traído a Madrid, por aquello de la visita papal y para ser custodiada en la Catedral de la Almudena, una reliquia de Juan Pablo II que consiste en una muestra de sangre extraída al pontífice poco antes de su muerte.
A mí, personalmente, y que me perdone alguien si se ofende, me da risa lo de la imagen del Crucificado en un salchichón o de la paloma de Pentecostés en una paella. Estoy en mi derecho. Pero lo de la sangre de Wojtyla me da qué pensar. Tiene todo esto un regusto medieval que no me agrada nada: me lleva a la mentalidad de los que veneraban brazos incorruptos de santos despedazados en el trance de su último suspiro (espero que ya muertos, aunque el ansia de piedad podría llevarnos a extremos que es mejor no cuestionarse). ¿Necesita un católico (hablemos de los del siglo XXI) del dedo amputado de alguien para confirmar su fe? ¿Y de la sangre de un pobre anciano moribundo? La religión trasciende las dimensiones de la adoración para pasar a los del fetichismo caníbal. Atávico.
Todavía cabe preguntarse qué otros fluidos o partes del cuerpo del anterior Papa estarán reservados para el fervor popular en alguna nevera...
No lo entiendo. Como no entiendo guardar el pelo muerto de alguien como recuerdo de su contacto, o una flor seca en un libro para recordar un momento especial... En todo caso, esos objetos nos recordarán lo que no era esa persona y lo que ya no es ese momento.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Todos empresarios


Escucho periódicamente las frivolidades del presidente de la CEOE, sus lúcidas y equilibradas declaraciones sobre esos asalariados que encima de que tienen trabajo, quieren un sueldo; sobre esos emprendedores-redentores de la sociedad que arriesgan su sangre y su sudor por crear riqueza; sobre esos funcionarios vagos y matones a los que les piden un papel en la ventanilla y te lo arrojan a la cara o te patean los riñones mientras salen para tomarse un café.
A mí también me gusta jugar con tópicos. Ahí voy.
¿Qué pasaría si todos fuéramos empresarios?
Primero, tendríamos que contar con capital, claro. Dos opciones: naces rico en dinero y se lo pides a papá, o naces poseedor de valores hipotecables y se lo pides al banco (el banco es una empresa que funciona por este mismo principio). Olvídate de existir en este universo paralelo si tú y tus avalistas carecéis de propiedades con las que garantizar el pago de la financiación; olvídate también de existir si lo único que tienes son tus manos para trabajar o tu cabeza para tener una buena idea: un sueldo nunca da para convertirse en empresario y una idea sin capital es una mala idea.
Segundo, una vez constituida mi empresa, el objetivo primordial sería la rentabilidad, obviamente. Si alguien necesita de mis servicios que los pague, y cuanto más caros mejor. Menos mal que habrá competencia... Pero, ¿y si nos ponemos de acuerdo todos y cobramos lo mismo? Decidimos el precio y listo. Que no puedes pagarlo... pues fuera de este universo paralelo.
Tercero, que a nadie se le ocurra hablar de impuestos: los hospitales, los colegios, la seguridad... todo es susceptible de convertirse en empresa rentable. ¿Quién necesita un Estado que redistribuya unos mínimos recursos? El mercado es el mercado. ¿No puedes pagarlo? Fuera de este universo paralelo. Pon tu propia empresa. Ya... Es que no tengo dinero ni avales. Pues entonces, crea tu propio universo, chaval.
Cuarto, saca tu empresa a bolsa: da igual lo que fabriques e incluso lo que vendas, porque si convences a todos de que puedes pagarles una determinada cantidad de rédito, te confiarán su dinero y será imaginariamente tuyo hasta que se volatilice (nunca todo; Suiza es lo que buscas). Pero tranquilo, ese dinero es humo. Nadie te quitará tu cochazo ni tu chalecito. La bolsa es así, unas veces se gana y otra se pierde. Te declaras insolvente y solucionado.
Con la hipoteca que hagas sobre tu segunda vivienda en la costa, esa que te construiste con los beneficios no reinvertidos (casi todos), vuelves al banco y a empezar de nuevo. Recuerda que el dinero ni se crea ni se destruye, solo cambia de manos. Va y viene.
Eres un hombre hecho a ti mismo. Has surgido de la nada, bueno, de la casi nada (no olvides ese punto de arranque que era tener patrimonio con el que comenzar el círculo). Te has ganado lo que tienes partiendo de lo que tenías.
Este universo paralelo es imposible si no tenías nada.

sábado, 4 de junio de 2011

Libros sin portada

Como sabéis quienes seguís este blog, la feria del libro siempre me sugiere por esta época del año reflexiones a colación de la idea de literatura como mercancía.
Desde luego, es una reducción considerar que los libros son solo mercancía, pero igualmente resulta innegable que lo son. Mercado literario, mercadotecnia librera, libro-producto... son conceptos que me intrigan.
En esta ocasión me da por pensar en las portadas de los libros, elemento esencial en el proceso de venta de ejemplares.
Es relativamente moderna la idea de que los libros tengan "diseño", más allá de la tipografía o, en algunos casos, las ilustraciones interiores. La "imagen" del libro-objeto era impensable hace un siglo. Las bibliotecas con solera están llenas de encuadernaciones uniformadas cuyo mayor lujo de elaboración son títulos en dorado y lomos con nervio; a veces, alguna guirnalda o marco de acantos. Se trataba más de una cuestión de calidad de la encuadernación que de otra cosa. Los libros no se diferenciaban en su apariencia porque se les buscaba y clasificaba solamente por el contenido, y dado que la masa lectora no existía, quienes se movían entre ellos, especialistas minoritarios, no recurrían al atractivo visual para seleccionarlos. Si viajamos en el tiempo, cuanto más atrás, más preponderancia del texto en el libro-objeto y menos relevancia de su apariencia exterior; no hacía falta la portada.
Actualmente, la venta de libros implica la necesidad de llamar la atención del comprador; la diferenciación en el espacio reducido de la estantería o la mesa de novedades se hace imprescindible. Los libros compiten por llegar a las manos del lector en medio de un ruido sinestésico de colores, tamaños, imágenes de cubierta, tipografía de títulos e incluso disposiciones en el conjunto de exposición.
Así, que la portada sea vital es una prueba de cómo los libros han evolucionado de texto a producto; paralelamente los escritores han derivado en celebridades, las librerías en tiendas y las bibliotecas en parques temáticos dotados de todo tipo de actividades culturales complementarias.
Se han perdido, seguro, cosas en el camino (sinceridad, quizás), pero, hay que decirlo, se han ganado lectores y lecturas.
Los nostálgicos seguimos visitando librerías de viejo de cromática monótona para sorprendernos al abrir el libro y no antes.
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Para ampliar y sacar conclusiones propias, un vídeo interesante con el que me he tropezado:

miércoles, 1 de junio de 2011

El ladrón de bicicletas

Siempre he pensado que El ladrón de bicicletas, es un obra maestra.
De Sica consigue sacar la rabia de lo más profundo de mí con esa escena final.
Ni Lukacs con Historia y conciencia de clase me hizo llegar a conclusiones tan drásticas como ese minuto de película.Aunque el tema, cierto es, trasciende la simple (nunca tan simple) lectura social y entra de lleno en la ética.
Y aquí es donde quiero llegar: tuve ayer la oportunidad de volver a ver esta obra maestra del cine y me di cuenta de que le sobra algo. Sí. Le sobra la voz en off moralista, el narrador que cierra la visión del espectador con una moraleja universalista condicionada y condicionante. La película dice mucho más de lo que ese segundo plano quiere interpretar como los sacerdotes de todas las religiones interpretan sus textos sagrados, como los que van de listos interpretan lo que pasa ("Eso es como todo...") y prevén la linealidad del porvenir anticipando conclusiones.
Ese pobre hombre (nunca mejor dicho, en todos los aspectos pobre: de dinero, de ánimo, tonto por bueno, bueno hasta no poder ser malo, destinado a no poder hacer ni siquiera justicia poética), en el que veo a mi padre (recuerdo parecido el rostro, el gesto y las manos de mi padre cuando yo era niño; incluso lo constato en algunas fotos viejas) y me veo a mí (mis manos, mi cara, llevando de la mano a mi hija en medio de un mundo en blanco y negro lleno de gente que solo pasa, como figurantes sin diálogo), representa a todos los que no sabemos engañar, no tenemos fuerzas para devolver la bofetada, no llegamos a comprender la venganza pero sabemos muy bien lo que es la desgracia porque se nos ha transmitido genéticamente, como el hambre honrado de nuestros antepasados se escribe en nuestra manera de comer o nuestra mueca constante de sorpresa revela la ignorancia de quienes nos configuran.
¿Orgullo imposible? No. Yo siento algo parecido al orgullo cuando el ladrón de bicicletas comprueba que no puede robar una bicicleta. Mezclado con rabia, pero orgullo.