miércoles, 30 de septiembre de 2009

Saltos de página - Lope de Vega

Ni mucho menos conservamos todas las comedias de Lope autógrafas (ni siquiera editadas). Lo prolífico de su obra y su velocidad creativa sorprende al más pintado. Sin embargo, observad la incólume elegancia de su letra en este manuscrito de una obra de ecos orientales poco conocida, La doncella Teodor, publicada por primera vez en 1617.

Todo tiene nombre 3

La reacción violenta del ladrón que descubre que su víctima no tiene nada. El enfado de la madre que ve cómo su hijo desprecia la comida que le ha preparado porque no tiene hambre. El fastidio del cirujano que concluye que no llegará a una cena con amigos porque tiene entre sus manos la vida de alguien que se resiste a seguir respirando. Se llama lógica del comportamiento humano.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Saltos de página - Flaubert

La redacción de Madame Bobary, obra publicada en 1856, fue para Flaubert toda una búsqueda de estilo y una difícil experimentación literaria, como el propio autor confiesa en sus cartas. No hace falta ir muy lejos para comprobar lo arduo de su escritura: aquí tenéis la primera página del manuscrito, plagada de tachones y correcciones. El genio duda.

lunes, 21 de septiembre de 2009

domingo, 20 de septiembre de 2009

Saltos de página - Machado

Hoy un fragmento de Proverbios y cantares, de Antonio Machado, manuscrito en cuaderno que se publicaría en las Poesías completas de 1917: "El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas/ es ojo porque te ve".

viernes, 18 de septiembre de 2009

Al morir don Quijote

No es difícil escribir como Cervantes, ahora que Cervantes ya ha escrito. Y atreverse con una continuación del Quijote es sólo cuestión de inconsciencia. Al autor de El ingenioso hidalgo... se le ocurrió que "matando" a su protagonista evitaba otros Avellanedas apócrifos, pero se equivocó. La historia puede continuarse sin don Quijote.
La prueba, en Al morir don Quijote, de Trapiello, escritor solvente, con buen manejo de tramas y verbo, que aporta en esta secuela grandes dosis de respeto y de cariño por las criaturas cervantinas. Eso salva el libro. Lo que podría haberse quedado en un remedo de prosa y acción, respectivamente rechinante y morosa al principio, luego estilizada y sorprendente, se convierte en una novela jugosa, en una reinterpretación personal del universo del hidalgo manchego y su autor. Es fácil de leer, como fácil de leer es Cervantes. Y no se queda en imitación, aunque esta es la forma más sincera de homenaje, y el libro claramente lo es.
¿Quién no se ha preguntado alguna vez qué pasaría con Sancho Panza tras la muerte de su amo? ¿Qué con Rocinante, el bachiller Sansón Carrasco, el ama y la sobrina, el cura y el barbero...? Si no tenéis imaginación suficiente, aquí va una alternativa posible.

lunes, 14 de septiembre de 2009

El espíritu áspero

De Hidalgo Bayal ya leí hace tiempo La paradoja del interventor, obra recomendable, plena, sólida, con personalidad propia; ahora, con El espíritu áspero, no queda otra que reconocerle como maestro, como uno de esos escritores que figurarán en los libros de texto dentro de unos años (aunque, todo sea dicho, eso no es ninguna garantía de calidad: la historia la hacen los que vencen y la batalla de la literatura actual aún no se ha librado, ni sabemos si la ganarán quienes escriben de verdad, desde dentro, o, quizá, otra vez, quienes juntan letras y declaman; casi siempre ganan los segundos...).
Se trata de una historia de fondo previsible pero plagada de sorpresas que enriquecen el cuadro y resuelta con un estilo que a veces suena a Cervantes, en ocasiones a Delibes, a Baroja... Es la autobiografía indirecta (autobiografía de segunda mano, de la que Bayal se hace portador) de un viejo profesor de latín, cuya personalidad está marcada por vínculos indelebles con su medio rural originario y que vive en propia piel la evolución de la España del siglo XX. Se proyectan sobre ese fondo los contornos de constantes disquisiciones filosóficas, ideológicas y lingüísticas, propias de quien no ve, sino que observa y analiza, a todos los niveles, la realidad circundante.
Es un libro de literatura y de sabiduría. Es a la vez narración y pensamiento. Y es lenguaje en desarrollo: juego recurrente con la relación entre las palabras y su semántica, su etimología, la lógica de su morfología (que es a la vez la lógica de su significado relativo; al menos desde el nominalismo cotidiano).
Canela fina. Para los degustadores y quienes quieran aprender el arte de la cata literaria.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Saltos de página - Mozart

A nadie se le escapa que la literatura es un estilo de música, o, si se quiere, la música un género literario.
Esta vez os dejo una partitura manuscrita de Mozart, de la Sinfonía Concertante para violín, viola y orquesta, de 1779.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Absolutamente nada 4

Mientras te esperaba he estado pensando en cuánto me gustaría no tener que hacerlo. No porque estuvieras aquí antes que yo, sino por la poca ilusión que me hace que llegues. Me he descubierto a mí mismo deseando que tardaras un poco más para poder acabar el cigarrillo en silencio. He imaginado lo libre que me sentiría si puediera salir a la calle y decidir en la misma puerta en qué dirección caminar, y empezar el paseo sin saber hacia ni hasta dónde; sin el punto fijo de destino que eres tú, aquí. Todos los días a la misma hora.
Son muchos años ya (¿años ya?). Un beso, qué tal, oírte contarme tu día y suponer el mío. Es bueno que uno de los dos hable, si no para qué. Y, aunque tú hables, para qué. A las nueve otro beso, adiós o sexo de diario o duermevela de fin de semana. Luego, me vuelvo a mi casa. Y tú, ya sola, te haces un café que te libera, y yo, cruzando las avenidas, cambiaría tu cabeza por la sonrisa de Salomé.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Absolutamente nada 3

Pero si de verdad te quieres suicidar, no saltes del puente al río: el agua amortigua la caída. Y aunque ya sé que no sabes nadar, habrás oído que los animales, como eres tú y lo soy yo -no lo olvidemos-, tienen el institnto de hacerlo. Más de uno, en el último momento, ha alcanzado sin querer la orilla a brazadas limpias.
Si de verdad quieres acabar, olvídate del veneno; muchos lo vomitan en un acto reflejo. Y del corte en las muñecas, porque el dolor te hará desistir antes de profundizar lo suficiente. Tampoco es buena idea tomar pastillas sin asegurarse bien de la dosis, sin conocer el tiempo que tardarán en actuar, sin prever posibles efectos secundarios que pueden acabar contigo en el baño, descompuesto, o en urgencias, con irritaciones cutáneas que te harán sufrir más de lo que te trajo hasta tu desesperada decisión, y además sin culminar el propósito. Ni pensar en la horca, que es un artefacto más complejo de lo que parece, e incluso los verdugos profesionales prueban varias veces el aguante de la soga y la brusquedad medida de la caída; resulta difícil que salga bien al primer intento. Y en esas circunstancias no está uno para ensayos. ¡Sólo faltaría! Querer morir y tener que planificarlo; como si fuese un asesinato. Un suicido, o es un arrebato o debería llamarse de otro modo...
Si quieres ser efectivo en tu irrevocable decisión de morir, vive de verdad. No es broma. Salta al vacío y enamórate: te ahogarás en lágrimas; apura de un sorbo el trance de la muerte de los demás; córtate con el filo de la nada absoluta y desángrate en el vacío mientras te doras la píldora de tu propia vacuidad; y cuélgate del péndulo del paso del tiempo, para que en un par de oscilaciones llegue ese final inefable que nadie te puede asegurar que vaya a ser plácido.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Absolutamente nada 2

Todo está tristemente medido: cuánta luz puede entrar por tus ojos, el número exacto de caricias que admite tu piel, las veces que perderás el autobús, cuántos besos te darán, la totalidad de tus pasos y los pares de zapatos que vas a gastar, la suma total de los coches con los que te vas a cruzar por la carretera mientras conduces, tus suspiros, la cuenta del dinero que ganarás y gastarás, las veces que cogerás en brazos a tus hijos, las que mirarás el reloj, las que dirás buenas noches, tus penas, el tiempo que vas a perder.
Alguien sabe con rigor en cuántas fotos saldrás, cuántas palabras vas a pronunciar, el sinnúmero de las células que te componen, el infinito de veces que vas a perder la mirada, todas y cada una de las melodías que escucharás.
En alguna parte consta todo inventariado al detalle: cada uno de tus actos, de tus componentes, de tus límites.
Lo paradójico es que en un segundo concreto de ese listado previsto todas las cifras de la cuenta atrás coincidirán; todos los cálculos se cerrarán en un punto. Cuando hayas completado la profecía matemática, volverás a ser solamente cero.
(O no. Podría seguir la cuenta: el número de personas que visitarán tu tumba, la longitud que alcanzarán tus uñas y tu pelo antes de pudrirse, el momento exacto en el que reventarán tus ojos las puses de la descomposición, los segundos o milenios que durará tu muerte...)

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Absolutamente nada 1

No siempre he estado muerto. Aunque tampoco he sido de los que saben vivir. Es cuestión de expectativas: por un lado están quienes entienden que merece la pena el aquí y el ahora; otros pensamos que sólo hay pasos de los que no va a quedar ni la huella. Visto así, no sé si un optimista está mal informado, pero parece claro que un pesimista tiene mayor amplitud de miras. Y yo no siempre lo he tenido tan claro. No siempre he estado muerto.
Puedo nombrar pero no recuerdo las sensaciones: una canción, un abrazo, un trago de licor... Carcajadas. La playa vacía. La cabeza embotada al salir del cine. Saber que alguien te espera o aguardar a alguien que sabes que llegará. Los pliegues de una camisa nueva. La explosión al morder una naranja. Hielo. Las gotas de lluvia que golpean el chubasquero. El ruido de descorchar un vino.
La muerte no es más que un cambio interior. Te das cuenta cuando ya no hay forma de volver a ser ingenuo. Observas que los que sonríen no lo hacen de verdad, pero los que lloran sí. Y los que odian...
El odio es puro y denso.
Odiar es sincero.
Los muertos pueden seguir odiando. Como te odio yo a ti por haberme matado así, con tu mejor sonrisa condescendiente y un poco de prisa.

domingo, 30 de agosto de 2009

Saltos de página - Cantar de Mío Cid

Hoy, los primeros versos del anónimo Cartar de Mío Cid, en el manuscrito de la BNE, copia que data del siglo XIV de un original firmado por Per Abbat en 1207: "De los sus ojos tan fuertemente llorando..."

sábado, 29 de agosto de 2009

Más tormentas de verano en un verano sin tormentas 3

Todos desean volver a casa, aunque nadie lo dice; quizá los niños. Todos saben que su monotonía les hace dichosos, a pesar de que han presumido delante de todos de que la iban a romper, de que podrían desconectar, de que son clase media con suficiente poder adquisitivo como para transformarse en turistas accidentales una vez al año, o dos, si les da por el masoquismo.
Y hay que hacer fotos de todo, que luego hay que enseñarlas. De la mariscada aquella. De la moto de agua que alquilaste. Tu hermana se morirá de envidia. Graba un vídeo a la niña nadando con sus manquitos nuevos. ¿Luego puedes borrar el trozo en que sale del agua pidiendo pis? Lo que no podrás cambiar es el aire de hastío y de cansancio que se cuela en todas las instantáneas, ni siquiera en las que haces con tu nueva cámara digital adquirida especialmente para la ocasión. Quedará ahí para siempre, como todos los años. Decid "patata", que así se os nota menos ese gesto raro.

viernes, 28 de agosto de 2009

Más tormentas de verano en un verano sin tormentas 2

Nuestro segundo grupo playero objeto de análisis son las laboriosas madres de familia, que insistieron en ir de hotel porque en el apartamento les toca cocinar, fregar y hacer las camas, como en casa, así para qué; se hacen ilusiones de descanso y luego marcan con las arrugas horizontales de su rostro la decepción de no haber enseñado a sus hijos a callar, a atarse las zapatillas, a decidir qué hacer si se aburren, a entender qué son unas vacaciones en definitiva. Las vigilantes madres sienten, además, que el medio amenaza la seguridad de su prole y se afanan en untarles cremas anti-medusas, anti-alergias, anti-uva y anti-picaduras de insectos (anti-prurito en general, podríase decir), y en controlar al mínimo sus horas de digestión, de sueño, de sol. Ni una sola ocasión de tumbarse sobre la arena y cerrar los ojos. Bendito colegio...
¡Quiero irme a casa!
¿Y los niños? Son los que mejor se lo pasan, qué duda cabe. Pero a ratos y cortos, porque si quieren ir al agua es pronto o tarde; si jugar con la arena, sucio; si corretear, nunca lejos; si quedarse quieto y callado, este niño está enfermo. Los hay más o menos renuentes, sin embargo a casi todos, a la media docena de negativas, se les traduce en el gesto la desgana. Al menos en el colegio no les prometen diversión...
¡Queremos irnos a casa!

miércoles, 26 de agosto de 2009

Más tormentas de verano en un verano sin tormentas 1

Si se hace un recorrido visual por la playa, hay pocas sonrisas que inventariar, al contrario de lo que se prodría suponer. La mayor parte de los que están en su añorado periodo de vacaciones siente el desengaño de que haya llegado y se haya realizado, como todo, de manera tan imperfecta. Y se amargan por ello. Los gestos resultan tan lejanos a la beatífica expresión de paz como a la feliz carcajada de excitado nerviosismo ansioso y divertido. Por el contrario, el abanico de posibilidades va desde los labios torcidos de contrariedad a la nariz furiosa de fosas abiertas y grito desmedido, pasando, por supuesto, por la mirada pasiva tras las gafas de sol y la mano señaladora y acusadora del reproche.
Podemos concretar los casos de una forma más concreta y reconocible. Por un lado, los padres de familia, con ese rictus que parece preguntar qué destino puede, además, hacerte pagar con el sudor de un par de meses esa desgraciada porción ilusoria de ocio que acabará cubierto por el constante acarreo de fardos y por horas y horas de conducción hasta llegar al inmundo alojamiento turístico de primera clase sólo en la foto, en el que las sábanas huelen a detergente industrial sin suavizante incorporado, en el mejor de los casos, y que, sí, está cerca de la playa, pero ésta nunca es como la que soñaste.
¡Quiero irme a casa!

martes, 25 de agosto de 2009

Saltos de página - Lorca

Quizá sea demasiado dos páginas seguidas, por muy especiales y desintoxicantes que sean, pero no he podido resistirme a poneros aquí uno de mis últimos hallazgos en la red: es el final de La casa de Bernarda Alba ("Silencio, silencio he dicho. ¡Silencio!"), en autógrafo del mismo Lorca (cuya letra no es demasiado difícil de leer). Una auténtica joya.

viernes, 21 de agosto de 2009

Saltos de página - Garcilaso

Con vuestro permiso, lectores, a partir de hoy colgaré en este blog, por desintoxicarlo de tanto texto continuo, una serie de imágenes. No fotos de lugares paradisíacos o de cuerpos esculturales o de estampas curiosas. De eso ya está llena la web. Aquí seguiremos en la línea de lo literario y os presentaré imágenes de páginas de libros. No de libros cualquiera ni páginas cualquiera...
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Buen comienzo el de hoy, a mi entender: os dejo el poema de Garcilaso, "En tanto que de rosa y azucena" (en la parte de arriba de la página), en un manuscrito de 1543 impreso por Carles Amorós en Barcelona con el título de Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega repartidas en quatro libros.

Mierda de libros

Me encuentro, curioseando por ahí, que es la forma más útil de perder el tiempo siempre un poco huero de las vacaciones, con un libro que hace saltar todos mis resortes de atención: Cómo cagar en el monte.
Sí, sí. No es broma. Se trata de un manual -no creáis que es uno de esos libros con título extraño y contenido indefinidamente relacionado con él; su propósito es práctico- que ha obtenido un éxito de ventas más que notable entre los aficionados al senderismo y al excursionismo en general. Defecar en lugares elegidos según una serie de criterios razonables, desmenuzar la deposición y enterrarla a un palmo de profundidad, son las líneas maestras de la técnica descrita.
Dos cosas que me inquietan, al margen de la motivación de su autora, asunto en el que no pienso profundizar (Ni hablar... Me da grima...):
Primero. ¿Quién narices necesita que le enseñen a cagar en el bosque? Mucha gente, a juzgar por el ya referido alto número de ejemplares vendidos. ¿Deberíamos amaestrar a los animales salvajes para que adquirieran la costumbre de hacerlo según las normas que el libro propone? Sin duda sería más (?) ecológico ¿no? Más papistas que el papa, más ecológicos que la naturaleza.
Segundo. ¿Hay temática sobre la cuestión? Pues sí. A poco que uno se ponga a ello, encontraremos en la biblioteca de la caca, libros como (y dejo al margen los dedicados al público infantil y el control de sus esfínteres, del tipo El libro de la caca, o Adiós, cacas, adiós) Caca: una historia natural del innombrable (¿No era este el diablo?), o A la salud por la cagada.
Si leéis alguno de estos educativos títulos, no dejéis por favor de ponerme un comentario ilustrativo.

martes, 18 de agosto de 2009

Tormentas de verano 3

El vuelo estaba siendo tremendamente tranquilo. El aeroplano surcaba un cielo azul sin la más mínima señal de nubes en el horizonte, sin apenas viento, sin novedad.
Por eso resultaba tan extraño que el pasajero 134 ventanilla no parase de vomitar. Nada se movía. No había vibraciones. Ni se alteraba el agua del vaso que le llevaba, por tercera vez, la azafata sobre una bandejita amarilla. El hombre, entre náuseas, miraba por la ventanilla como buscando aire. Pero ya tenía las salidas de ventilación abiertas al máximo. El pelo hasta le ondeaba con la corriente.
Su acompañante no se mostraba muy preocupada. Sonreía afectuosamente cada vez que una señorita uniformada hasta en la sonrisa se interesaba por el estado del caballero. Les decía que no sepreocuparan.
-En un momento se le pasa... Ya verá.
-¿Se va sintiendo mejor?
- No. - Respondía él, con la cabeza medio metida en la bolsa de papel, desalojando de nuevo. Y miraba por la ventanilla, agobiado.
- ¿Está enfermo? ¿Algún problema digestivo? No puede ser que esté mareado...
- Es psicológico. - Afirmó la señora, sonriendo a la azafata. - Hágame caso. No es la primera vez.
- ¿No? ¿Y a qué se debe? Quizá debería visitar a un médico en cuanto llegue a su destino.
- Ya lo hemos hecho, querida. Dos psiquiatras. Ambos estuvieron de acuerdo, después de unas cuantas costosas sesiones, en que no era más que una fobia.
- ¿Al avión? ¿Y la exterioriza con el vómito?
- No. Es su ex. Vive justo en la ciudad que sobrevolamos ahora mismo. Allá abajo. Ni le cuento lo que ocurre cuando viajamos en coche y tenemos que pasar por este lugar...

domingo, 16 de agosto de 2009

Tormentas de verano 2

- ¿Aquí mismo?
- Aquí mismo, Manolo. Planta la sombrilla, que yo voy sacando las toallas.
- ¿Me has cogido el periódico, Maite?
- No. Te he traído ese libro gordo que me echaste en la maleta. Hijo, de verdad... No sé cómo puedes ponerte a leer en la playa.
- ¿Por qué?
- Hombre, aquí se viene a tomar el aire, el sol, a desempolvarse, no a seguir como si estuvieras en el despacho, igual que en casa, todo el día con la cabeza agachada...
- ¿Has traído tortilla de patata o ensaladilla?
- No. Hoy comemos de restaurán.
- ¿Y ese dispendio a qué viene? Te cobran un riñón por una mala ensalada...
- Me ha dado por ahí. Mira tú...
- Pues no te entiendo.
- Que hay que salir de la rutina, Manolo. La tortilla la tienes en casa todos los días. Vamos a comernos hoy una buena paella.
- Sí. La verdad es que la paella no la comemos mucho en casa. Te sale fatal. Y mira que no es difícil.
- Hay que cogerle el punto al arroz y no se lo tengo cogido. ¿Qué le voy a hacer? Una no es perfecta. Hoy, paella en el restaurán. Saca la radio, porfa.
- Deja la radio...
- Anda, que empieza la tertulia del Losantos...
- ¿Pues no la escuchas todos los días en casa? Estamos en la playa, leche. Desempólvate.
- No me hinches las narices, Manolito. Saca la radio del bolso rojo.
- Y veo que no has traído la tortilla, Maitechu, pero sí que te has surtido de pipas: con sal, sin sal y peladas.
- Cada uno se entretiene como quiere.
- Como en casa: radio y pipas. Igual que en casa, todo el día con la oreja pegada y click-clack, pff, click-clack, pff.
- No me jorobes... y pon la radio.
- Sí mujer. Es verano. Alcánzame el libro.

jueves, 13 de agosto de 2009

Tormentas de verano 1

¡Será posible! ¡Maldita sea mi sombra! Me divorcio. Me vengo de vacaciones en junio, que hay menos gente, al quinto pino para estar solo, pagando el suplemento por uso individual de la habitación del hotel, que es algo que nunca entenderé. Me busco el sitio más apartado de la larga playa casi desierta de esta ciudad del norte, que es más para venir en otoño que en verano. El chiringuito más vacío, casi en la bocana del puerto. La mesa más apartada, junto a las papeleras. Pido un gin-tónic, porque en treinta y siete años nunca me ha dejado beber una puñetera copa aquella harpía... Que ya va siendo hora de hacer lo que me dé la santa gana... ¡Solo, por fin! ¡Solo! Para entretener los dedos me pongo a arrancar la etiqueta del refresco poco a poco, con el piquito de la uña... y ¿qué me encuentro? ¡Me ha tocado el premio gordo de la promoción veraniega! Un crucero al Caribe "para compartir con tu pareja siete noches románticas de lujo y relax", y, "por si te parece poca marcha", una estancia en playa Bávaro "con los diez amigos que tu elijas, que estarán esperándote allí cuando desembarques". ¡Mis muertos!

lunes, 10 de agosto de 2009

Sana inocencia

Se decidió a buscar una hipoteca para comprarse ese lugar donde vivir que nuestras madres dicen que necesitamos y los políticos creen que podemos pagar.
Recorrió varias sucursales bancarias del barrio, sin éxito. No tenía ninguna noción de economía, y aquello de las TAEs, el euríbor y las variaciones de tipo le pillaba muy desarmado, así que tomó la determinación de tramitar su préstamo con la persona -no banco, que eso le daba igual- que le transmitiese sensación de honestidad y al que no pillara en un renuncio a lo largo de la charla; nada de gestos de superioridad u ostentación de los gemelos de la camisa, ni eso de dos mil euros de cuota y luego son dos mil quinientos, o a treinta años y luego te hace el cálculo con treinta y cinco. Sin saber nada de dinero ni de números, creyó que tales condiciones lo llevarían a una elección exitosa.
Seis meses se pasó preguntando, en bancos nacionales y extranjeros, de fachada triste o colorida, de nombre y vocación localista o internacional, anunciados en tv o no... Ni una en el clavo. Quien no le miraba como una presa, lo hacía como a un desgraciado sin posibles, y todos, todos, mentían al ofrecer lo que en el cálculo nunca cuadraba.
"Voy a cambiar de estrategia", pensó. "En vez de buscar un banco que me dé sensación de fiabilidad para pedirle dinero, propondré un trato de negocios a alguien en quien confíe. Amigos no me faltan... Y si no, hablaré con mis padres."
Habló con todos sus amigos sin conseguir poder plantear del todo el asunto antes de que le cortaran y cambiaran de tema. Desde entonces lo miraban como los directores de sucursal que se acariciban la corbata mientras tecleaban en el ordenador su nombre para ver si era solvente o no. Decírselo a su padre fue violento: "Quién presta dinero a un amigo pierde amigo y dinero", le contestó, "O hijo y dinero, que tanto monta".
Comprendió entonces que era de ilusos buscar un banquero afable: sólo te presta dinero quien te odia lo suficiente como para exigírtelo luego.

viernes, 7 de agosto de 2009

Sana vergüenza

Discusión de pareja. Noche de verano, con los balcones abiertos. Él fuma en silencio echado hacia adelante con los codos apoyados en las rodillas; ella habla con calma, sin alzar la voz, y mira de vez en cuando al techo y permanece así un rato, inclinada la espalda sobre el cerco de la puerta que da al pasillo a cuyo fondo se ve una luz mortecina, de lamparita de mesilla de noche.
- Eres un sinvergüenza. Un cerdo. Un canalla. Y encima me lo dice... No sólo te acuestas con esa perra; encima me lo cuentas, como si tuvieras que presumir de hazañas. Si yo sé lo que tú eres en la cama... Lo que no entiendo es qué ha visto ella en ti, porque poco hay. Miserable. Todos estos años aguantándote, pensando que era una mala racha, que volvería a ser todo como antes, y vas y te tiras a la primera que se te cruza. Y me lo cuentas. De sopetón. Sin avisar. Llegas del trabajo agotada y te encuentras con que tu marido tiene que hablarte, ¿de qué?, de que se va de picos pardos en cuanto te das la vuelta. ¿Te gastas nuestro dinero en ella, también? Es lo que faltaba, yo deslomada para que el señorito se las dé de dadivoso. Porque seguro que saca algo de ti. Tú no mereces ni mucho menos la pena; algo le darás que le sirve. Pero tú no eres lo que busca. No te hagas ilusiones. Esa quiere sacarte lo poco que tienes. Lo que tenemos. La habrás invitado a cenar, alguna joya... Lo que está claro es que, mírate, no ha sido porque hayas despertado la pasión de nadie, capullo. Das pena. Casi tanta como yo, aquí aguantando el chaparrón cuando tendría que coger la maleta e irme dando un portazo. Nunca has servido para nada: ni como marido, ni como hombre, ni como persona. Y, por si fuera poco, se va con otra... Ya ves.
Tres minutos y cuarenta y dos segundos de silencio. Casi un cigarrillo.
- Siento habértelo contado, Mónica.
- Ni me nombres.
- Siento habértelo contado, Mónica. Quizá debería haber hecho como tú, y callármelo... Sí. No me mires con la boca abierta. ¿Creías que no lo sabía? Quizá sea un miserable y un cerdo y un capullo y yo qué sé, pero al menos no te miento. Y yo te quería cuando me casé contigo. Tu a mí no. ¿Por qué lo hiciste? Nunca te he pedido cuentas por lo que te he dado. Tú a mí sí. ¿Me vas a traer la factura? Nunca he creído que eras poca cosa, ni siquiera lo creo ahora. Tú me desprecias: ¿que nadie puede enamorarse de mí? Desde luego, tú nunca lo estuviste, eso es cierto. No he tenido contigo sólo un compromiso, que es lo único desde hace años te ata a ti conmigo. ¿Sólo papeles? Nunca te he exigido quedarte, ni te he pedido la pasión que no sientes. Soy incapaz de odiarte, de engañarte, de chantajearte. Si yo estuviera en tu lugar, te daría un beso y me iría. Pero claro, yo soy un sinvergüenza...
Diecisiete segundos de silencio.
Se levantó. Le dio un beso, y se fue, cerrando la puerta con cuidado.

martes, 4 de agosto de 2009

Sana envidia

Sus miradas se cruzaron en un gesto agrio, previo al consiguiente recorrido visual de arriba abajo que siempre se da en tales circunstancias: ¡llevaban el mismo vestido! La fiesta anual de la mafia, todos los capos del país allí, sus mujeres, sus amantes, sus mammas, y ¡ellas llevaban el mismo vestido! Fucsia, con escote palabra de honor y falda vaporosa de plisado fino irregular. Diseño italiano, por supuesto. Una pasta gansa. Y lo de menos es eso: la humillación era insufrible para ninguna de las dos. La alta sociedad del crimen organizado comentando en murmullos lo cómico de la situación, preguntando la filiación de las protagonistas de la conjunción de destinos, lamentando entre risitas la mala suerte que nos hace a unos afortunados y a otros desgraciados.
Sus maridos, del brazo de sus cónyuges, permanecieron ajenos a lo que ocurría hasta que sendos codazos y avances de barbilla mutuamente dirigidos les integraron en la bulla general.
Si tu mujer te hace gestos como los señalados en una ocasión como la descrita, tienes dos opciones: decir "¿Qué mas da?", o "Lo solucionaremos, querida".
Las dos parejas, algo abochornadas, se apresuraron a abandonar el salón en busca de un espacio más reservado que les permitiese el receso. Cuchichearon ambas parejas respectivamente en un extremo y otro de las oscuridades de la terraza y ellas, las dos, cogieron su teléfono y marcaron un número. Hicieron una breve llamada antes de volver al acto social.
Una vez allí, ya decaído el interés por la coincidencia indumentaria, trataron las dos damas de no perderse de vista, pero sin mostrarse atención.
Unos veinte minutos después, a las dos les sonó el teléfono casi a la vez. Una señora recibió la mala noticia de que su hijo, mientras jugaba al golf en el club de campo, había sufrido un accidente desgraciado: una pelota perdida había abierto su cabeza como una cáscara de nuez. Marido y esposa con vestido repetido salieron corriendo hacia el hospital. La otra señora fue informada de que su preciosa mansión del acantilado estaba ardiendo por los cuatro costados, quizá por una explosión de gas. Se ausentó este segundo matrimonio también apresuradamente de la fiesta, con el fin de ocuparse de salvar lo que fuese posible.

jueves, 30 de julio de 2009

Sana vulgaridad

No aguanto a la gente que no suda. Ni a los que se aguantan los pedos aun estando solos. Ni los que denominan eufemísticamente "sacar petróleo" a hurgarse en la nariz. Ni a los que usan papel higiénico perfumado. No soporto a los que se han operado de velo del paladar para no roncar. A los que cuando acaban de follar, piden un clinex. A los que limpian la junta de los azulejos con cepillo de dientes. A los que quieren oler bien incluso metidos en la piscina. A los que desvían la vista de las bragas tendidas en el patio de vecindad. Me desesperan los que usan la servilleta con un dedo por dentro. Los que conocen diferentes tipos de té por su aroma. Los que nunca se han tapado la nariz con un trozo de algodón cuando el resfriado les hace gotear moco líquido. Ni a los que tienen humidificador, o ambientadores eléctricos programables, que sueltan una ráfaga de lavanda en medio del silencio. No puedo con los que comen guisantes estofados, o croquetas de calamar. Con la gente a la que todo les produce acidez. Con los que creen apreciar la calidad del jamón por su color. Con los que agitan el vino en círculos antes de beberlo. Ni con los que se rascan la sien con el dedo anular. Ni con los que frotan las gafas con toallitas limpiacristales. Es superior a mis fuerzas. No puedo sentarme frente a quienes te hablan mirando por la ventana. O junto a los que apoyan decadentemente el antebrazo en los respaldos de las butacas. Ni con los que llevan la mirada de indiferencia perenne y sonríen por cumplir. No. De verdad que no trago a los que creen que el dolor es humillante. Ni a los que lloran con "Titanic". Ni a los que se saben lo que significa la O-p que viene detrás del título de los discos de música clásica. O a los que clasifican los libros por orden cronológico. O comen ostras con tenedor. O leen el periódico completo, de cabo a rabo. Ni a los que se "mueren de ganas" por algo, o utilizan la expresión "miles de veces" o "daría un brazo". Y luego, por si fuera poco, además, se creen importantes.
Lo peor: yo soy así. O casi. Porque sudo mucho y no me creo importante.

miércoles, 22 de julio de 2009

Historias sin más historia 3

La Biblia no entra en estos detalles, pero os puedo contar que Lot pensó, en medio de la hecatombe purificadora, que Dios era, al menos, original. En ese mismo instante estaba destruyendo Sodoma y Gomorra al modo tradicional, es cierto: con llamaradas de fuego que caían desde el cielo y dejaban en el suelo tan sólo el rescoldo de lo que hubiera. Pero a la hora de castigar a su mujer por mirar hacia atrás, se le ocurrió convertirla en estatua de sal. No deja de ser un alarde, la verdad. "Un poco exagerado, pero creativo", se dijo. ¿Qué otra cosa cabe esperar de Dios, sino creatividad?
Decidió el pobre viudo, tras mirar y palpar unos segundos a la estatua en escorzo (con mucho cuidado de no echar la vista atras, visto lo visto), cogerla como fardo a la espalda y llevársela. Aunque sólo fuese condimento, era lo que quedaba de su esposa... Quizá rezando piadosamente hubiese vuelta atrás...
La acarreó un buen trecho, Dios lo sabe, pero siendo de sal, pesaba aún más que hecha carne, la condenada (nunca mejor dicho), y no hubo otra que seguir camino dejándola como monumento mudo a la curiosidad que la había perdido. Al pobre Lot le habían crujido ya todos los huesos.
A la sazón (nunca mejor dicho; permítaseme de nuevo) empezó a llover (agua), y Lot nunca supo si Dios lo hizo por apagar la llama de las ciudades del pecado que abrasara minutos antes -puede que para ver si quedaba algo en pie o ya era suficiente dosis de apocalipsis-, o para disolver a su pobre costilla y ahuyentarle la idea de volver a recogerla -con el fin de guardarla como recuerdo más que nada.

martes, 21 de julio de 2009

Historias sin más historia 2

La idea original surgió en la visita a una lejana ermita de un cristo solitario, perdida en un páramo castellano más allá de un innominado pantano siempre a medio llenar.
La piedad de los devotos copaba de anatomías de cera las cuatro paredes de la pequeña construcción de piedra y ladrillo, nada vistosa, ni por fuera ni por dentro, pero indudablemente curiosa por esta exposición de partes sin correlación: del techo al suelo se veían colgadas, sin orden alguno, desproporcionados, decenas, centenas de pies, brazos, orejas, manos, dedos, rodillas flexionadas, espaldas sin vientre y vientres sin espalda -como partes de coraza-, narices, incluso dentaduras y muelas sueltas.
Podrían suponerse muchas de las patologías milagrosamente sanadas por intercesión divina (piernas y brazos rotos, dolor dental, de espalda, de pecho, sorderas, deformidades quizá...), pero la pregunta que surgía inevitablemente era cómo representar simbólicamente algunas otras. ¿Cómo ofrecer la promesa por una úlcera de estómago, una enfermedad cardíaca, una leucemia, un cáncer de pulmón, una exitosa operación de amígdalas? La simbología no puede reducir el ámbito de actuación divina. Seguro que, aunque el fiel no encuentre el símbolo de su promesa, Dios sabrá curar tales afecciones ¿no? ¿Por qué limitar el culto, pues? Hay que modernizar la relación con Dios.
Partiendo de ahí, y como tiene que ser, el fabricante de "sexvotos" (Sexvotos Carracedo S.A.) había comenzado su negocio con el correspondiente estudio de mercado. Consultó en bibliotecas e internet, recorrió pueblos y santuarios, y se informó a través de las autoridades religiosas de los diferentes lugares de devoción de su posible zona de influencia comercial, encontrando sorprendentemente que muchos de ellos, por tradición, eran lugares frecuentados por personas con problemas en su vida íntima: la impotencia, las irregularidades y dolores menstruales, el vaginismo y, en general, todo aquello que conlleva la pérdida del placer humano por antonomasia, eran objeto de solicitud y petición a las divinidades más diversas (cristos, vírgenes y santos-as).
Una vez descubierto el nicho de negocio y sorteada la primera oposición eclesial con jugosas comisiones y razonamientos espirituales de difícil rebatimiento -como el hecho de que tales y cuales son igualmente partes del cuerpo, y de que tales y cuales habían sido creadas igualmente por Dios y eran parte del templo que se nos había dado, todo él supeditado a la enfermedad y el desastre que siempre es reflejo del maligno-, empezó la fabricación en serie de falos erectos y labios vaginales abiertos de cera.
Y el éxito fue fulminante. Todos los varones y mujeres respetables vieron abierta la veda para pedir ("y se os dará", que dice la Palabra) por su vida sexual, sin complejos, con la devoción de quien ruega por un moribundo, con el objeto bendecido de su petición normalizado por la tradición y la fe de los antepasados.
Las iglesias, las capillas, las ermitas, se llenaron de objetos que les daban apariencia de un sex shop pero con funcionalidad bien diferente: no eran para uso práctico ni humano, sino para utilización metafórica y divina. No costó demasiado a la clerecía asentar este juego lógico en sus feligreses y aprovechar santamente el don monetario que se les concedía. Siempre, por supuesto, con la vista puesta en obras de caridad, su favor fue decisivo.
Dieciséis millones de unidades, en números redondos, se vendieron el primer año. Diez de falos y seis de pubis de cera.
Sin duda el sexo está, sobre todo, en la cabeza.

lunes, 20 de julio de 2009

Historias sin más historia 1

Caminar por las veredas de polvo entre trigales a pleno sol de verano no es algo que canse; es algo que consume. Los ojos casi cerrados se anegan de luz hasta dejar de ver. La piel arde y se endurece, como el cuero de las botas. La boca se cuartea, como el suelo que se pisa.
En esa hora a la que casi nadie se atreve a romper el halo de la canícula, el muchacho pasó caminado apresurado frente a la sombra escuálida de una higuera a cuya vera me había sentado para esquivar el sofoco. Lo llamé con un siseo y le invité con una palmada en el suelo a que se sentara a mi lado.
- Te va a comer el calor... Siéntate un rato.- Le dije.
- Me esperan.
- Seguro. Descansa, hombre. Irás más deprisa cuando caiga el sol.
- Un rato, si acaso.
Y se sentó. Apoyó la espalda en el árbol, miró al final del camino, a la luz que se filtraba entre las hojas. Se aflojó las botas.
- No es bueno tener prisa. -Sentencié, por iniciar conversación...
- Ya... Me esperan.
- Da igual. No vas a llegar a ningún sitio. Nunca tengas prisa.
Parecía no escuchar.
- Mi hermano se va de viaje.
Tirando piedrecitas a las moscas que se posaban en su rodilla.
- Él tampoco va a ninguna parte. De verdad.- Repetí.
- No creo que se vaya hasta media tarde... Y si no, me esperará un poco.
- No hay nada que esperar. Te lo aseguro.
Un silencio terroso y seco.
- ¿Qué?
Me miró de reojo.
- Podrías venir conmigo... - Propuse, sin ánimo de apremiarle.
Reaccionó receloso.
- ¿Pero qué dice? Yo no le conozco de nada... Me marcho ahora mismo.
Hizo intención de levantarse pero agarré la manga de su camisa y le insistí, sin levantar la vista.
- Es mejor que vengas.
- ¿Dónde? ¿Para qué? ¡Si yo no lo he visto en mi vida! ¿Quiere robarme?
- No digas tonterías. No te voy a robar ni a hacer daño... Ya lo habría hecho.
El muchacho se zafó de mi mano, se levantó y salió corriendo. Y no he vuelto a verlo hasta hoy.
Yo sólo quería ponérselo más fácil. Iba por ahí diciendo que había escapado de mí, aunque más de una vez ha venido luego a sentarse solo a la sombra de esta higuera: como cuando volvió de la guerra por este mismo camino, o el día en que enterraron a su madre...
Ayer murió su mujer en el parto de una niña, y se ha quedado aquí toda la noche. Al amanecer, cuando todavía no hacía calor, se ha colgado con un nudo en la garganta. No ha sido rápido. Ha pataleado el aire durante un largo par de minutos.
Yo sólo quise ponérselo más fácil. Pocos aceptan el atajo. No lo entiendo.