
No es cuestión de clase, ni de cultura, ni de moral: ser político atonta y corrompe.
Llego a tan clarividente y estricta conclusión sin excepciones después de ver un documental de la televisión catalana sobre la crisis económica en Islandia y las revueltas populares a las que dio lugar. No recuerdo el título del programa (ah, memoria fungible), con el que me tropecé zapeando de madrugada entre un remolino de teletiendas, astrólogos y concursos en redifusión, pero me sedujo su carácter puramente revelador, sin voz de fondo que dirija la tesis de partida hacia su prueba, sin escenas de archivo para rellenar, sin entrevistas planificadas con trasera de croma geométrico y relajante: tan solo aparecía gente hablando, moviéndose por la ciudad o por sus casas, conversando con sus vecinos (de vez en cuando se intercalaba algún fragmento de informativo televisado para poner en contexto lo que se decía en el desarrollo de la línea de testimonios directos).
Entre otros, nos encontramos en el avance del documento con un paladín de las libertades (los nombres no son lo mío, ya digo) que, parado y sin expectativas de futuro por la crisis económica, se echó a la calle para formar parte de una revolución que exigiese responsabilidades a los culpables y un cambio de ideología para buscar una la solución.
En un momento determinado, este manifestante se convierte en la voz de muchos, en líder de masas. Y pasados unos meses, en las elecciones convocadas para hacer efectivo ese cambio de timón que solicita el pueblo islandés, se presenta como cabeza de lista de un partido político que tiene opciones de representatividad. Habla ante la cámara y dice que salir elegido como diputado sería una solución... ¿Para qué?. Atención: "Es un sueldo fijo." Según su hijo, que papá tuviera trabajo arreglaría muchas cosas en casa. Su mujer plancha al fondo de la habitación y asegura que para ella es toda una novedad planchar camisas porque su marido nunca las ha usado, algo que parece hablar en pro de una conciencia de clase que casi se da por supuesta; entonces él se acerca y le dice, sin "por favor": "Necesitaré once más." Fin de la escena.
Sueldo fijo nada desdeñable, once camisas impecables y una mujer dispuesta a planchar es lo que encontré detrás del luchador por la libertad anticapitalista, parado y, como se suele decir, un hombre corriente.
Y eso en Islandia, que sabemos que los nórdicos y su sociedad serena y productiva son modelo a seguir.
Apuesto lo que sea a que al ser más íntegro del universo le das un escaño de diputado y se convierte automáticamente en eso mismo, con ligeras diferencias de escala...
No hay comentarios:
Publicar un comentario