martes, 4 de diciembre de 2012

El olvido no habita


Somos lo que podemos recordar.
Nuestros recuerdos nos constituyen como seres humanos.
Una persona con otros recuerdos sería otra persona.
Nuestra propia identidad es una construcción en proceso que parte del recuerdo (conciencia) de lo que permanece de nosotros a cada momento. Si olvidáramos quiénes hemos sido hasta ahora, seríamos desde aquí en adelante otra persona.
La vida eterna personal solo se concibe como memoria eterna de ser. Frente a la fusión anónima y energética con el Todo (muerte auténtica), en un Paraíso posible seguiremos estando como "yo", conscientes de ser, formados de recuerdos.
Sin identidad, no existe la ajenidad: no hay "otro". Si no tengo memoria (ningún dato de memoria), no sé quién soy ni quiénes son los demás, y las fronteras se borran en el Absoluto mortal: la energía ni se crea ni se destruye, solamente se transforma olvidando.
Si te olvido dejas de existir para mí. Si me olvido de mí mismo dejo de existir para mí, pero puedo seguir existiendo para ti, si me recuerdas. Otra cosa es que te recuerde como eres (eras), o construyas una imagen de mí que confundas con el recuerdo; entonces habré muerto también.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Vita brevis


Me estoy acostumbrando tanto al Twitter que no me salen textos de más de 140 caracteres.
Y yo que de mayor quería ser escritor...

lunes, 26 de noviembre de 2012

Y hablando de Palahniuk...

Chuck Palahniuk es uno de esos escritores famosos que merecen serlo.


Comparto en gran parte la visión de la vida de Palahniuk.
Pero su concepto de literatura al límite me desorienta y desconsuela.
Si queréis saber de qué hablo, deberíais leer esto:




domingo, 25 de noviembre de 2012

Sobre el sentido de la vida, según Palahniuk



¡Centrémonos, por favor!

"–Empecemos por el final –diría el señor Whittier.
Diría:
–Empecemos contando el final.
El sentido de la vida. Una teoría de campos unificada. La gran razón de todo.
Estamos todos sentados en la galería estilo mil y una noches, sentados con las piernas cruzadas
sobre los cojines de seda y los almohadones tachonados de manchas de moho. En sillas y sofás que
apestan a ropa sucia cuando uno se sienta en ellos y les saca el aire de dentro. Allí, bajo la cúpula
alta y llena de ecos, pintada de colores resplandecientes que nunca verán la luz del día y que nunca
palidecerán, entre las lámparas de metal que cuelgan, cada una con su bombilla roja o azul o
anaranjada brillando a través de la jaula de dibujos tallados en el metal, el señor Whittier está
sentado, comiendo algo desecado y crujiente a puñados de una bolsa de Mylar.
Como él diría:
–Desvelemos la gran sorpresa de una vez y acabemos con esto.
La Tierra, diría él, no es más que una gran máquina. Una gran planta procesadora. Una fábrica.
Esa es vuestra gran respuesta. La gran verdad.
Imaginaos un pulimentador de piedra, una de esas muelas, que gira y gira, que gira veinticuatro
horas al día y siete días a la semana, llena de agua y de rocas y de grava. Moliéndolo todo. Dando
vueltas y vueltas. Puliendo las feas piedras hasta convertirlas en piedras preciosas. Eso es la tierra.
Y la razón de que gire es que nosotros somos las piedras. Y lo que nos pasa a nosotros –el drama y
el dolor y el placer y la guerra y la enfermedad y la victoria y los malos tratos–, pues bueno, no es
más que el agua y la arena que nos erosionan. Que nos muelen. Que nos pulimentan hasta que
resplandecemos.
Eso es lo que diría el señor Whittier.
Brillante como el cristal, así es nuestro señor Whittier. Abrillantado por el dolor. Pulimentado y
resplandeciente.
Es por eso que nos encantan los conflictos, dice. Amamos odiar. Para detener una guerra, le
declaramos la guerra. Tenemos que aniquilar la pobreza. Tenemos que combatir el hambre.
Hacemos campaña y desafiamos y derrotamos y destruimos.
En tanto que seres humanos, nuestro primer mandamiento es:
Algo tiene que pasar.
El señor Whittier no tiene ni idea de cuánta razón tiene.
Cuanto más habla la señora Clark, más claro vemos que esto no puede ser la Villa Diodati. La
chavala que escribió Frankenstein era hija de dos escritores: profesores famosos por libros de gran
influencia en su tiempo como La justicia política y Reivindicación de los derechos de las mujeres.
Tenían gente famosa quedándose a dormir en su casa todo el tiempo.
Nosotros no somos ninguna reunión estival de cerebritos y ratas de biblioteca.
No, la mejor historia que sacaremos de este edificio es la historia de cómo sobreviviremos. De lo
loca que ha muerto la Dama Vagabunda en nuestros brazos desconsolados. Con todo, esa historia
tendría que bastar. Tendría que ser lo bastante emocionante. Dar el bastante miedo y resultar lo
bastante peligrosa. Tendremos que asegurarnos de todo eso.
El señor Whittier y la señora Clark están demasiado ocupados charloteando. Necesitamos que se
pongan duros con nosotros. Nuestra historia necesita que nos azoten y nos golpeen.
No que nos maten de aburrimiento.
–Todo llamamiento a la paz mundial –diría el señor Whittier– es mentira. Una mentira muy
bonita... nada más que otra excusa para luchar.
No, nos encanta la guerra.
La guerra. Las hambrunas. La peste. Nos llevan a la iluminación por la vía rápida.
–Intentar arreglar el mundo –suele decir el señor Whittier– es señal de un alma muy, muy joven.
Intentar salvar a cualquiera de la ración de tristeza que le pertoca.
Siempre nos ha encantado la guerra. Nacemos sabiendo que la guerra es la razón de que estemos
aquí. Y nos encanta la enfermedad. El cáncer. Nos encantan los terremotos. En este parque de atracciones que llamamos planeta Tierra, el señor Whittier dice que nos encantan los incendios
forestales. Los vertidos de petróleo. Los asesinos en serie.
Nos encantan los terroristas. Los secuestradores. Los dictadores. Los pederastas.
Joder, cómo nos gustan las noticias de la televisión. Las imágenes de gente haciendo cola al lado
de una fosa enorme y abierta, esperando a ser ejecutados por un nuevo pelotón de fusilamiento. Las
fotos en revistas satinadas de más gente normal y corriente hecha pedacitos sanguinolentos por un
suicida cargado de explosivos. Los boletines de la radio sobre choques múltiples en la autopista.
Los corrimientos de tierras. Los hundimientos de barcos.
Con las manos trémulas escribiendo un telegrama en el aire, el señor Whittier diría:
–Nos encanta que se estrellen aviones.
Nos encanta la polución. La lluvia ácida. El calentamiento global. El hambre."
Fantasmas, Chuck Palahniuk

sábado, 23 de junio de 2012

¡¡¡¡23.000!!!!


Ya sabéis todos que este blog es un solitario bloc (de notas) abierto a quien quiera pasar por aquí. 
Mi pretensión no ha sido nunca la de la popularidad ni la de la macrodifusión. No. No va conmigo. 
Sin embargo, no puedo dejar de asombrarme con cuatro signos de admiración cuando, al cambiar de contador de visitas (porque el anterior me daba la impresión de funcionar bien: a veces incluso retrocedía...), veo que el registro de entradas que me muestra Google es de casi ¡¡¡¡23.000!!!! ¡¡¡¡Más del doble de las que creía!!!!

Me he quedao pasmao...

Cinco minutos después, empiezo a pensar que el contador que no da la cifra correcta es el nuevo. Debe de ser eso. Claro... Digo yo...

La muerte de los árboles


Nunca me había preguntado cómo mueren los árboles. Me suponía un lento caducar de hojas hasta la leñosidad final como un continuo envejecimiento. Había oído que los árboles mueren de pie y poco más...
Pero supe ayer que su muerte es una auténtica metáfora más allá de eso: mueren deshaciéndose inversamente por dentro. Se pudren desde el anillo central más joven, el último que vivieron, hasta el más externo y antiguo, el que les hizo nacer. De alguna manera, recorren lo vivido en sentido contrario, borrando el pasado más cercano y terminando por desvivir su nacimiento.
Terrible forma de morir.
Como la de esos ancianos dementes que se vuelven niños y nos ofrecen, paradójica, tras su apariencia gastada y ajena, su mirada infantil vacía; olvidan el nombre de sus hijos, no saben si es lunes o sábado... pero recuerdan, en un limbo de entresueño, el nombre de sus compañeros colegio o el de un gato que vivió en el altillo de la cuadra. Desvivir como forma de morir, sin ese componente de destino, ni de sorpresa (que siempre lo es, por mucho que se vea venir), ni de juicio final. Morir como borrarse. De la cabeza a los pies, y luego la mano que borra. Retrocediendo hacia el momento inicial, a tu madre, que te abraza y huele a ella y a ti; a tu padre, origen que un día descubrirás que llevas dentro, que eres él, como él fue su padre. Eliminarse. Sin nadie alrededor de tu cama llorando, porque no has nacido; como mucho estás naciendo en ese mismo momento en que te borras. El bigbang y el universo que se contrae y colapsa en un punto. Resultado: cero.
No quiero morir como un árbol.
Quiero recordar quién he sido y que estés a mi lado, hija.

domingo, 10 de junio de 2012

Saltos de página - Manuel Machado

Retomo esta vieja sección del blog en la que os colgaba imágenes de incunables, manuscritos, autógrafos, grabados, etc, de libros especiales.
En este caso, Manuel Machado por soleares populares de quereres y de andares (se la debo...):

(Por si no se lee bien: 
La veredita es la misma...
Pero el queré es cuesta abajo.
Y el olvidar cuesta arriba!)

jueves, 7 de junio de 2012

Malos poemas para rato

(Con permiso de Manuel Machado, que algunos de sus poemas no son malos y algunos de esos son hasta muy buenos.
Conste.)
Mis poemas sí son malos. No se trata de una captatio benevolentiae. Lo sé. Son malos. Unos peores que otros. He leído demasiados buenos poemas como para no darme cuenta. He escuchado demasiados versos con música interior como para no percibir que los míos, son, si acaso, un repiqueteo laborioso de pájaro carpintero con vocación de ebanista.
Por eso quiero daros las gracias a todos los que os habéis parado a leerlos en estas últimas (demasiadas, seguramente) entradas de este bog, que suele ser menos monográfico-profundo y busca algo de chispa en la prosa y algo de conciencia en el pensamiento. Sin más. (¡Cómo me gusta esa frase: sin más!)
No suelo sentir la necesidad de agradecer la lectura de mis relatos o reflexiones o comentarios o críticas o reseñas... La pregunta entonces es: ¿por qué necesito agradeceros que hayáis leído mis poemas? ¿Sentimiento de culpa por haber blasfemado a vuestros oídos? ¿Esa sensación que tengo de haberme desnudado y ser una vieja arrugada y acomplejada en una playa nudista colmada de apolíneos contoneos? ¿Esa impresión y cara de tonto que se le queda a uno cuando, con todas las carreras y estudios que quieras, un viejo te da por sabido algo evidente que da vergüenza admitir que no sabías (si viene el viento de allí es que va a llover, no recojas para leña los palos que no crujen al partirse...)? ¿Quizá la extraña idea de que escribir un poema (y que te lo lean) no es lo mismo que escribir (y que te lean) cualquier otra cosa?
No lo sé. Como no sé casi nada (que no soy tan orgulloso como Sócrates...). Pero gracias.
A lo mejor hasta me animo y os cuelgo más poemas. Tengo miles, aunque todos juntos no valen un pimiento... Parece una amenaza ¿eh? Ya veremos. Ese librito de Ni nos queda ya Paris, tiene segunda parte; "Cenizas mojadas" solo (?) es la primera... Todavía estás a tiempo de escapar, querido lector.

martes, 5 de junio de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 8

Añoro tener frío,
estar rígido y seco,
desde que la humedad
dejó marcados tus besos,
derritió mis inocencias
y me abrasó entre tus senos.

Hibernaré y cuando despierte será
la primavera
pasada.

Resultas externa, infiel, concreta,
 y das a menudo la impresión
de las cenizas mojadas.


viernes, 1 de junio de 2012

Ni nos queda ya París. Cenias mojadas 7


El olvido que no llega...
Pendiente a cada rato de tu azar;
absorto en la aleatoria de tu voz
de tonos imprevistos...
Mirando al cielo por no verte venir...
Sentado ante el espejo para sentirme ridículo y
tal vez así...

sábado, 26 de mayo de 2012

jueves, 24 de mayo de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 5


No finjas.
Sé que no miras nada,
aunque tienes los ojos abiertos.
Y esos suspiros...
Deben ser falsos.
Tú no tienes sentimientos.
¿Ves yo?
No pregunto. Me estoy quieto.
No te rozo. Ni me acerco.
No disimulo. Lo sabes.
Sabes que te tengo miedo.

domingo, 20 de mayo de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 4


Envuelvo mis labios con tus besos soñolientos
que recuerdan al perfume adormecido de tu nuca.
Y arrastro las cadenas que cuelgan de tu cuello,
como el fantasma que a veces pasa por tus ojos.
Me hundo en el pozo de esos astros alejados del sol,
mirando arriba el redondo acariciar
que concede tu sonrisa.
Y peleo con la lógica testamentaria de tus labios,
que me dicen que me quieres;
y me odian.

miércoles, 16 de mayo de 2012

sábado, 12 de mayo de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 2


Tu espalda
marca límites de horizonte
al llano de mi cama.
Entrando por la ventana,
ascienden por tus brazos
vientos de lluvias cercanas.

martes, 8 de mayo de 2012

Ni nos queda ya París. Cenizas mojadas 1


La única prueba de amor
de que no podría dudar
es, si dormida,
olorosa,
te vuelves
y me besas el hombro.
Sin abandonar el ritmo
de respiración del sueño,
sin saber...
que estoy despierto.

viernes, 4 de mayo de 2012

La magia de los pianos


Si algún día tengo la posibilidad, me compraré un antiguo piano de cola, aunque no sé tocarlo, aunque nadie lo toque, para que amanse el aire de la habitación en que esté callado, para que la música que lleva dentro se esparza como un perfume por la casa, para que de vez en cuando venga el afinador y el aire brille de chispas dispersas de tonos flojos. Colocaré en su atril partituras amarillentas de Bach (por si las necesita, que quizá), en hojas sueltas, desordenadas y un poco arrugadas, como si alguien, mucho tiempo atrás, las hubiera dejado en la pausa de un ensayo y no hubiera vuelto nunca.  No me atreveré a acercarme mucho. Ni se me ocurrirá pulsar sus teclas; sería un accidente, convertiría su existencia en ruido. Si viene a casa alguna visita y sugiere tocarlo, disimularé: el café ya está, se está más fresco en el jardín, está desafinado (mentira)... Ese piano no se toca. Sólo está. Y es suficiente; demasiado para mí, tal vez.


miércoles, 2 de mayo de 2012

Nada, gracias

"Si vivís hasta los ochenta, habréis dormido treinta años, ido a la escuela y hecho deberes cerca de nueve años y trabajado casi catorce años. (...) Después gastaréis, como mínimo, doce años en limpiar, hacer la comida y cuidar a los hijos; os quedarán como máximo nueve años para vivir. (...) Y todavía osaréis emplear esos nueve años en fingir que tenéis éxito actuando en este teatro sin sentido..."
Nada, Janne Teller
Lectura recomendada.


Post Scriptum: Este blog se está convirtiendo en lo que debió ser desde el principio: no una muestra absurda de lo que escribo, sino un extracto interesante de lo que leo. Más vale.

lunes, 30 de abril de 2012

jueves, 26 de abril de 2012

Cinco amigos y un...


He sentido una sensación tan kafkiana después de releerlo por tercera vez, que no tengo más remedio que compartirlo con vosotros, como un tesoro de matices grises imposibles:

Somos cinco amigos, hemos salido uno detrás del otro de una casa; el primero salió y se colocó junto a la puerta; luego salió el segundo, o mejor se deslizó tan ligero como una bolita de mercurio, y se situó fuera de la puerta y no muy lejos del primero; luego salió el tercero, el cuarto y, por último, el quinto. Al final formábamos una fila. La gente se fijó en nosotros, nos señalaron y dijeron: «Los cinco acaban de salir de esa casa». Desde aquella vez vivimos juntos. Sería una vida pacífica, si no se injiriera continuamente un sexto. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que es suficiente. ¿Por qué quiere meterse donde nadie lo quiere? No lo conocemos y tampoco queremos acogerlo entre nosotros. Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué sentido tendría ese continuo estar juntos. Tampoco entre nosotros cinco tiene sentido, pero, bien, ya estamos juntos y así permanecemos, pero no queremos una nueva unión, y precisamente a causa de nuestras experiencias. ¿Cómo se le podría enseñar todo al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el pico, lo echarnos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa.
Franz Kafka

martes, 24 de enero de 2012

Mil perdones


Disculpad los chistes sin gracia, los malos poemas, los títulos trasnochados, las reflexiones político-filosofico-ridículas, las fotos evidentes...
Lo siento, queridos lectores de este blog (¡ocho mil y pico visitas...! ¿cómo se come eso?).
Ya me conocéis: cualquier cosa menos ponerme a corregir...
Mi pereza y yo no damos para más.

¿Y para qué?


Deja que el tiempo pase.
Es la única alternativa.
Lo demás es engañarse creyéndose alguien, algo
con un mínimo de trascendencia más allá
del
simple
paso
del
tiempo.
Déjalo para mañana... si es que llega.